La “ollantanización” de Nadine y la “nadie-nización” de Ollanta | Luis Chávez Lara

18:30:00


Estamos a menos de un año de una nueva batalla por el sillón presidencial. Me parece ayer cuando escribía frenéticas composiciones, y peleaba con cercanos amigos por indecisas inclinaciones políticas en la más sucia de las campañas, la del 2011. Fue una elección eutanásica, en la que los peruanos tuvimos que decidir entre lo que algunos ingeniosos “galénicos” llamaron, el cáncer o el SIDA. Lentamente, en la cola llevando las cédulas, íbamos depositando en el ánfora nuestra prolongada agonía. Aquí no hay cura que valga, dada nuestra elección por abrazar la democracia, un sufrimiento socio-genético y hereditario nos golpea cada cinco años.

En aquellos tiempos, después de bañar en leche una revolucionaria “Gran Transformación”, nos delinearon una digerible “hoja de ruta” y con la “fotito progre”, convencieron a las almas dubitativas de plegarse a lo que pintaba como un gobierno verdaderamente social demócrata. Los protagonistas fueron dos: Ollanta Humala, elegido presidente del Perú; y Nadine Heredia, su inseparable esposa. Apoyado por Luis Favre, el “novo” presidente Ollanta devolvía la esperanza a una población que quería seguir viviendo, a pesar del reciente adquirido cuadro oncológico. Hoy, octubre, año 2015, podemos empezar a escribir 30 millones de epitafios pues el temido cáncer se ha expandido por todo el cuerpo del Leviatán.

Y es que Ollanta personificaba la marcialidad característica de las Fuerzas Armadas, su presencia era prácticamente fálica, era el hombre, sí, el hombre que iba a terminar con la delincuencia y la corrupción. Ollanta, además de ser militar de carrera, era un valiente insurgente que se había levantado contra un gobierno corrupto, lo que despertaba desconfianza en ciertos círculos por el temor a un retorno al autoritarismo, el eterno retorno, nuestro aparente ciclo circular, de las dictaduras y caudillos militares.

Nadine, por su lado, se perfilaba como una abnegada esposa que apoyaba la carrera política de su consorte. Ollanta le cantaba “La incondicional” de Luis Miguel, ella, “la que no espera nada”, se mandaba un discurso por aquí, un discurso por allá. Era más una figura decorativa, el complemento de un hombre, la extensión de este, un brazo o una costilla, una madre joven, profesional y simpática, pero parte de él. Un cuadro digno de Da Vinci, el complemento de un elaborado misterio patriarcal, que venía desde el suegro.

Poco a poco la cosa fue mutando. El otrora “macho que se respeta” empezó a mostrar señales de debilidad. Su círculo más cercano lo abandonó al dejar de emanar testosterona, sus fieles seguidores le fueron bajando el dedo, como lo hacía el César con los exhaustos gladiadores. La voz del pueblo es la voz de Dios, y este condenaba que Nadine participara en las reuniones del gabinete ministerial, que se peleara con la prensa, que le diera la espalda en eventos oficiales, que diera declaraciones políticas, que rectifique a “sus” ministros, que coloque a familiares en puestos burocráticos, que quite del camino a indeseables procuradores, que produzca terremotos en el TC, y que haga gala de innecesarias frialdades europeas. Ollanta se “nadienizó”, pero por favor no confundir el neologismo, este no hace referencia a Nadine, sino a nadie, porque a eso se redujo la majestad presidencial, a la nada.

Su falta de liderazgo para afrontar los problemas del país, su escasa visión política, su limitado sentido de la realidad y la negación de la evidente situación anómica del Perú lo aislaron de lo que representó en un primer momento: una débil esperanza de solución de nuestros males endémicos como la inseguridad ciudadana. Los medios y las encuestas sepultaron su figura y en forma paralela su esposa atrajo los reflectores por escándalos, agendas, habeas corpus, lavado de activos y supuestas infidelidades en el mismo Palacio.

Pero Nadine, a pesar de todo esto, pasó de ser una suerte de extremidad, a ser la espina dorsal del sistema nervioso central de Palacio. Su metamorfosis fue diferente a la de Samsa, el Gregorio de Franz, quien un día cualquiera despertó convertido en insecto, aquí, en este Perú que también parece novela, los personajes de la sombra aparecen, espontáneos, en lo más alto de la gloria. Nadine se “ollantanizó”, tanto que hasta algunos desubicados la llaman “presidenta”. Nadie sabe para quien trabaja en el despacho presidencial, es la coya con mascaypacha, es la Inca que el Tahuantinsuyo nunca pudo ver. Qué diría el pobre Atahualpa si pudiera regresar de su perdida fosa común y tuviera que corregir al despintado mandatario.

Acudimos pues, a un nuevo capítulo de la historia llamada Perú. Esperemos que las próximas elecciones tengan un final feliz, como aquellos a los que ya nos tiene tan acostumbrados.






Luis Chávez Lara es historiador por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos,  Gestor documental, investigador y analista de información, con publicaciones académicas en distintos países de habla hispana y experiencia en Gestión del Conocimiento y de la Calidad (ISO 9001:2008).


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