Cuerpo y reflexividad en la sociología postestructural: el caso de Entre Las Cuerdas de Loïc Wacquant / Sergio Morales Inga

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Resumen

En este artículo se muestran algunas reflexiones críticas a los principios epistemológicos y metodológicos de las nociones de cuerpo y reflexividad desde y a través del análisis de un caso de sociología postestructural: Entre las cuerdas. Cuadernos de un aprendiz de boxeador (2000), libro escrito por el sociólogo francés Loïc Wacquant. Desde tales críticas problematizaremos de una forma más general la presencia de tales conceptos en discusiones sociológicas y antropológicas contemporáneas, como lo son la presencia del postestructuralismo y del posmodernismo en ciencias sociales, como también la relación que guardan con la postura epistemológica de Pierre Bourdieu.

Palabras clave: cuerpo, reflexividad, epistemología, Loïc Wacquant, Pierre Bourdieu.


Introducción

Entre las cuerdas. Cuadernos de un aprendiz de boxeador(2000) es un libro muy bien escrito cuya lectura es entretenida y receptiva al inicio pero repetitiva en su devenir. Loïc Wacquant[1] es su autor. Estas breves reflexiones buscarán problematizar dos de las nociones más importantes de dicho libro, quizás las únicas, tales como el cuerpo y la reflexividad. Estos preceptos serán leídos en su propio lenguaje mediante lo que en otros lugares llamé crítica interna (Morales 2014a, 2014b, 2014c) y que, en poco tiempo de efectividad defendible, se ha convertido en una importante técnica personal de crítica epistemológica que confío dará algunas luces sobre el tema que nos convoca. Veremos cómo este pequeño ejercicio de extrapolación inductiva intenta reformular, desde la consideración de pequeños focos de análisis, los principios más generales.

Los cuestionamientos vertidos en estas líneas no buscan ser resolutivos pero sí tienen como fin instaurar un ámbito de crítica capaz de remover los cimientos de aquellos métodos o conceptos que pensamos son los más útiles, novedosos u operativamente sofisticados, y que en la actualidad consumen muchas portadas, índices, seminarios, talleres, artículos, corrientes teóricas, escuelas e incautos.

El maestro: Pierre Bourdieu. Una síntesis extremadamente breve

Hablar de la obra de Wacquant remite a la trayectoria de un académico legendario históricamente como lo fue Pierre Bourdieu [1930-2002]. Edificador del estructuralismo constructivista sociológico y arquitecto de ideas como la lógica de la práctica, el sentido práctico, el habitus, la objetivación participante, etc., este sociólogo francés fue un prolífero investigador en cuyo haber ostenta decenas de libros, tales como Los herederos. Los estudiantes y la cultura (1964) en coautoría con Jean-Claude Passeron, El amor al arte. Los museos europeos y su público (1966) en coautoría con Alain Darbel, La reproducción. Elementos para una teoría del sistema de enseñanza (1970) junto a Passeron nuevamente, El sentido práctico (1980), La nobleza de estado. Educación de élite y espíritu de cuerpo (1989), La miseria del mundo (1993), Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción (1994), Meditaciones pascalianas (1997), Contrafuegos. Reflexiones para servir a la resistencia contra la invasión neoliberal (1998), La dominación masculina (1998), Las estructuras sociales de la economía (2000), El oficio de científico. Ciencia de la ciencia y reflexividad (2001), entre otros, así como centenares de artículos y ensayos.

Con el fin de presentar una breve síntesis de la obra de Bourdieu, violentaremos al modelo mientras señalo lo que creo son las dos variables más importantes sobre las que descansa su perspectiva:

1.       La metodológica: Estructuralismo constructivista. Es la postura edificada por Bourdieu, el cual toma como influencia al estructuralismo antropológico de Claude Lévi-Strauss, no obstante, diferenciándose (Bourdieu 2000a) por la crítica a la aplicación de la lingüística estructural a la realidad social (Bourdieu y Wacquant 1995). El también llamado estructural-constructivismo se piensa en “términos relacionales” (Bourdieu y Wacquant 1995: 170) pues enfoca a los agentes a través de sus interacciones, no obstante, su aglomeración en sociedad las vuelve concretas, objetivas, aprehensibles y mensurables. Esto implica que la reproducción de la sociedad gira en torno a estructuras matemáticamente explicables (Bourdieu 1999) que son resultado de una doble estructuración, a su vez, estructurante: estructuran los esquemas de percepción de los actores y las estructuras sociales (Bourdieu 2000a) generando campos de lucha en torno a significaciones dotadas de poder (Bourdieu y Wacquant 1995). El habitus, probablemente el concepto más importante de su corpus, encarna esas disposiciones seriadas que son, en efecto, tales “estructuras estructurantes” (Bourdieu 2002a, 2000a, 1997).

2.       La epistemológica: Ciencia sociológica. En 1973, Bourdieu publicaría en coautoría con Jean-Claude Passeron y Jean Claude Chamboredon, El oficio del sociólogo. Presupuestos epistemológicos; a mi decir, el manual de epistemología sociológica más importante de la segunda mitad del siglo XX. En él se vierten tres ideas fundamentales de clara influencia bachelardiana: a) la ruptura epistemológica en pro de la construcción del objeto a través de “modelos” (Bourdieu et al. 2002b: 78) (Ver también Bourdieu y Wacquant 1995); b) la vigilancia epistemológica; y, c) el racionalismo aplicado. Dicho texto concibió a las ciencias sociales bajo el mismo status epistemológico de la ciencia en general. Cabe señalar que estas aspiraciones fueron defendidas por Bourdieu durante toda su vida académica; desde el inicio de la construcción de su armazón teórico (Bourdieu et al. 2002b) hasta prácticamente el final de su vida (Bourdieu 2000b). No obstante, cuenta la historia, que Passeron renunció al proyecto para formar su propia línea expresada en El razonamiento sociológico (1991) (Baranger 2004), texto que contenía una perspectiva muy diferente a la del mencionado manual en la que se ponía en cuestión si la sociología era una disciplina perteneciente a la ciencia general o si se trataba de un área epistemológicamente autónoma. El resto de la historia es harina de otro costal.

El discípulo: Loïc Wacquant entre las cuerdas

Sociólogo francés, ampliamente reconocido por sus trabajos sobre la ciudad, los ghettos, las cárceles y la marginalidad, plasmados principalmente en libros como Parias urbanos. Marginalidad en la ciudad a comienzos del milenio(1988) o Las cárceles de la miseria(1999), además de innumerables artículos. En el año 2000, Wacquant publicó Entre las cuerdas. Cuadernos de un aprendiz de boxeador, libro sobre el cual reflexionaremos críticamente.

-Operación Objetivo

Enfrascado en comprender la práctica del box, Loïc Wacquant llevó a cabo una titánica observación participante en el cual se invirtieron años, un tabique roto dos veces y 2300 páginas de apuntes dispuestas a ser sistematizadas. Las primeras secciones de Entre las cuerdas contienen aclaraciones conceptuales siendo el resto del texto una novela con algunos párrafos metodológicamente sugerentes insertados en la trama. No obstante, y a pesar de las anunciadas precisiones del autor, se hace complicado identificar con exactitud cuál es el objetivo del texto pues este se desplaza constantemente.

En un inicio Wacquant nos dice que busca “mostrar y demostrar al mismo tiempo la lógica social y sensual que presenta el boxeo como labor corporal” (Wacquant 2006: 24), posteriormente aclara que “la intención de este libro es sugerir […] cómo el pugilista «tiene sentido» desde el momento en que uno se toma la molestia de aproximarse para comprenderlo con el cuerpo, de forma casi experimental” (Wacquant 2006: 24) y más adelante nos dice que persigue un objetivo triple que va desde: a) “recabar datos etnográficos precisos y detallados, adquiridos mediante la observación directa y participante” (Wacquant 2006: 31); b) extraer “algunos de los principios que organizan este complejo de actividades específicas” (Wacquant 2006: 31); y, situar c) “claramente a la luz la regulación de la violencia que efectúa el gimnasio” (Wacquant 2006: 31).

Si bien puede argumentarse que tales formas retóricas son, en algún modo misterioso, esencialmente equivalentes rogaría repensar tal aspiración pues existe mucha distancia terminológica y conceptual al hablar de “lógica social y sensual”, “sentido” y “regulación de la violencia”, etc. Y si de alguna forma todos estos conceptos están conectados es responsabilidad del autor exponerlo tal cual en vez de suponer que el lector rellene los espacios vacíos con la sospecha de la completitud que se le otorga a cualquier académico reconocido. Con esto no quiero decir que Wacquant no haya tenido un objetivo, sea cual fuere, sino que leyendo el texto en su mismo lenguaje podemos denotar la existencia de cierta indeterminación en algo que debería poseer una claridad envidiable como lo es el objetivo (o problema) de una investigación. Si este no cumple con un requisito mínimo de coherencia en su definición cabe la posibilidad de que, en efecto, no tengamos problema alguno sino simplemente un caso por explorar, lo cual es igualmente válido, pero como debe sospecharse se plantea en otros términos.

-Marco metodológico

Teniendo como idea-eje la suposición de que Wacquant busca develar la lógica y el sentido de la práctica boxística (inferencia realizada por quien escribe estas líneas) es de sospechar que su metodología no parece destinada a tal fin. Más allá de las reiteradas menciones a la etnografía, cuyo status corresponde más al de técnica que al de metodología, Wacquant no se cansa de apreciarla mediante el recurso de cierto misticismo literario:

Nada mejor pues como técnica de observación y análisis que la inmersión iniciática en un cosmos, e incluso la conversión moral y sensual, a condición de que tenga una armadura teórica que permita al sociólogo apropiarse en y por la práctica de los esquemas cognitivos, éticos, estéticos y conativos que emprenden diariamente aquellos que lo habitan. (Wacquant 2006: 16)

Lo sorprendente no es que la etnografía, o la observación participante, constituya su técnica principal sino que esta aparezca yuxtapuesta a otros elementos de una marcada diferencia de calibre: “descripción etnográfica, análisis sociológico y evocación literaria” (Wacquant 2006: 24), nos dirá sin dar especificaciones de ningún tipo ¿A qué sociología se refiere? ¿A qué literatura? Y todo esto estrechamente vinculado a su problemática central:

La alianza de estos géneros normalmente separados: sociología, etnografía y novela intenta que el lector comprenda los aspectos pugilísticos «en lo concreto, tal como son» y que vea a los boxeadores en movimiento, «como en mecánica se ven los cuerpos y los sistemas, o como en el mar vemos los pulpos y las anémonas. Percibimos a los hombres y las fuerzas motrices que flotan en su medio ambiente y en sus sentimientos». (Wacquant 2006: 25)

Más allá accesorias menciones al concepto de sistema[2]; técnica, disciplina y humanidad van de la mano con la ya conocida displicencia en torno al objetivo de la investigación. Para que vaya quedando claro nuestro proceder, no se critica el planteamiento desde una perspectiva teórica distinta en la cual nos parapetamos cual balcón colonial a lanzar dardos con cerbatana; la crítica interna tiene por objetivo leer en sus mismas palabras una idea para contraponerla a sí misma. Se trata de comprender su epistemología en y por sí misma para apreciarla antes de denostarla. Llámesele técnica o, para exagerar, un nuevo procedimiento epistemológico en términos de actitud crítica en pro de la ética científica, la verdad es que funciona. Con esto evitamos embates caprichosamente ridículos como a los que nos tiene acostumbrados ciertos tipos de positivismos lógicos caducos, marxismos vulgares y posmodernismos anticientíficos que pasan por debajo de la mesa la incapacidad crítica que los configura.

No contentos con esto, Wacquant enmarca este trío metodológico dentro del margen de la investigación científica más plana “incluso las que se disfrazan de relato” (Wacquant 2006: 18). El marco metodológico que se maneja en Entre las cuerdas, a pesar de la recusada complejidad de su objeto de análisis[3], se asimila mucho a los trabajos de grado que estudiantes realizan cuando deben entregar al día siguiente la monografía final de la materia que el profesor pide: nulos fundamentos epistemológicos, material empírico sin sistematizar, una anecdótica etnografía cuya retórica testifical obtiene mayor calificación que la hidalga defensa de un planteamiento concreto y una sospechosa “hipótesis” cuya proposición va antecedida por un solitario condicional[4]. Esta aparente cientificidad continúa ligada al planteamiento, mediante el ya conocido recurso de exotismo literario:

[…] este libro es además un experimento científico. Pretende ser una demostración empírica de la fecundidad de un enfoque que toma en serio, tanto en el plano teórico como en el metodológico y retórico, el hecho de que el agente social es, ante todo, un ser de carne, nervio y sentidos […], un «ser que sufre» […] y que participa del universo que lo crea y que, por su parte, contribuye a construir con todas las fibras de su cuerpo y su corazón. (Wacquant 2006: 15)

Más allá de que Wacquant considere que está, efectivamente “experimentando”, pues su objetivo era “prendre la boxe comme terrain d’expérimentation” (Wacquant en Keucheyan 2003: 19), es más que claro que esta ínfula científica, como cualquier otra que se logre hallar, es aparente.

-Gym y box. Jugando con las definiciones

Wacquant pasa de su marco metodológico hacia la definición de sus conceptos principales: el gym y el box. Es apreciable que Entre las cuerdas no busca establecer definiciones canónicas, mas sí explorar un grado ciertamente importante de elasticidad conceptual. Por ejemplo, define al gym como:

I.   “una institución compleja y polisémica, sobrecargada de funciones y representaciones que no se ofrecen inmediatamente al observador” (Wacquant 2006: 29)
II. “El gym […] es la forja en la que nace el púgil, el taller donde se fabrica ese cuerpo-arma y escudo que él lanza al ataque en el ring” (Wacquant 2006: 30)
III. “el gym aísla de la calle y desempeña la función de escudo contra la inseguridad del gueto y las presiones de la vida cotidiana. A modo de santuario (Wacquant 2006: 30)
IV. “El gym es […] una escuela de moralidad en el sentido de Durkheim” (Wacquant 2006: 30)
V. “el gimnasio es el vector de una desbanalización de la vida cotidiana al convertir la rutina y la remodelación corporal en el medio de acceder a un universo distintivo” (Wacquant 2006: 30)
VI. “el gym se define verdaderamente en su doble relación de simbiosis y de oposición al barrio y a la cruda realidad del gueto.” (Wacquant 2006: 32)
VII. “El gimnasio ofrece un lugar de sociabilidad protegida” (Wacquant 2006: 40)
VIII. “la sala de boxeo […] es también el soporte de lo que Georg Simmel llama la «sociabilidad»” (Wacquant 2006: 49)

Estas 8 definiciones pueden no contradecirse pero se supone que han de implicarse de algún modo y es labor del autor demostrar cómo, sobre todo si tal maniobrabilidad le permitió “cuestionar eficazmente, uniendo trabajo teórico y observación empírica continua, la visión «orientalizante» del gueto” (Wacquant 2006: 18). ¿Debería ser motivo de crítica la soltura en la definición conceptual? Estamos hablando de conceptos fundamentales a los fines del texto, y no solo ello, dado que mientras se les define, se vierte afirmaciones que no logran encontrar una adecuada conexión ¿Cómo se prueba cada una de las afirmaciones predicativas anteriormente enumeradas? Una sola de ellas podría ser motivo de un trabajo independiente que tendría un problema definido al dente de una proposición protocolar: a) el gym como institución compleja y polisémica, b) el gym como taller de fabricación, c) el gym como elemento contra la inseguridad, d) el gym como escuela de moralidad, e) el gym como vector de una desbanalización de la vida cotidiana, f) el gym como sociabilidad, etc., y también, será necesario aclarar qué haríamos con conceptos tales como “compleja”, “polisémica”, “santuario”, “vector”, “desbanalización”, “simbiosis”, “oposición”, “sociabilidad”, etc. ¿Realmente existe una oposición entre la calle y el gym? Si es así, ¿cómo se le fundamentaría? ¿Mediante diagramas de Venn o confiando en la etnografía? ¿Prueba o suposición? Cualquiera que sepa un mínimo de metodología sabe que estas proposiciones tomadas independientemente dan más luces sobre un problema genuino de investigación que las amontonadas cuasidefiniciones que Wacquant nos presenta como superfluas características. Una vez más, no estamos en contra de su estilo sino de su falta de integración. Lo mismo ocurre con las definiciones en torno al box y al boxeador:

  1. “el boxeo es una actividad que parece situada en la frontera entre naturaleza y cultura” (Wacquant 2006: 31-32)
  2. “el boxeo es un deporte individual” (Wacquant 2006: 32)
  3. “Hacerse boxeador es […] apropiarse por impregnación progresiva de un conjunto de mecanismos corporales y de esquemas mentales” (Wacquant 2006: 32)
  4. “El boxeador es un engranaje vivo del cuerpo y del espíritu, que desdeña la frontera entre razón y pasión, que hace estallar la oposición entre la acción y la representación y, al hacerlo, constituye la superación fáctica de la antinomia entre lo individual y lo colectivo.” (Wacquant 2006: 32)

Aquí ya no sabemos quién presentó más definiciones distintas sobre una misma cosa; si Wacquant en torno al gym/box o Kuhn en torno al paradigma[5] (Masterman en Lakatos y Musgrave 1970). Nuevamente podemos reconocer un proyecto independiente por cada afirmación, que en el caso de Entre las cuerdas no son necesariamente hipotéticas sino estatutarias ¿Dónde se revela la división naturaleza/cultura y su implicación directa con el box? ¿Es realmente un deporte individual? ¿Cómo se demuestra esa apropiación de mecanismos corporales? ¿Corporales? ¿Dónde están los esquemas mentales?[6] ¿Mentales? Y por último, dentro de todo el corpus ¿Dónde se acomoda el espíritu, la acción, la representación, la razón, la pasión, lo individual y lo colectivo?

Podría decirse, a modo de contracrítica, que la fundamentación a tales aspiraciones está inmersa dentro de las más de 200 páginas que el texto contiene; no obstante me pregunto si ofrecer una novela, que en términos epistemológicos calificaría como empirismo ingenuo o en términos literarios como impresionismo, sumado a algunas gotas de disciplina social, podría ser una comprobación justa y correcta. Nuevamente, no criticamos su estilo sino su falta de conexión conceptual y ausencia de verificación. Si empiezas con intentos de definir un objeto modelo, hipótesis, premisas básicas, etc., lo que cualquier lector esperaría (al menos en mi caso) son elaboraciones del mismo calibre y no la renuncia a ellas bajo una simulación literaria, que por su indeterminación, nadie podría sostener con certeza si se llegan o no a verificar tales aspiraciones.

Sociología carnal: El cuerpo como método/herramienta

En Entre las cuerdas, lo carnal reclama su espacio muchas veces como un adjetivo dispuesto a salvar la narrativa cada vez que se torna demasiado plana[7]. Nótese que tales adjetivos van unidos a conceptos aparentemente importantes y véase también que no cumplen una función orgánica dentro de la narrativa ya que si extraemos la palabra “carnal” de todas las proposiciones mencionadas el sentido de ellas no cambiaría en absoluto. No obstante, lo que otrora fueron definiciones, hoy son metodologías; lo que atestiguamos no solo tiene que ver con conceptos volubles sino con un proyecto general para lo cual Entre las cuerdas es aparentemente un prototipo: La sociología carnal; aquella que utiliza al cuerpo del investigador como herramienta. Este tipo de sociología se gesta gracias a “la necesidad de una sociología no sólo del cuerpo en sentido de objeto (of the body, en inglés) sino a partir del cuerpo como herramienta de investigación y vector de conocimiento (from the body)” (Wacquant 2006: 16). La sociología carnal es aquella que “debe intentar recoger y restituir esta dimensión carnal de la existencia” (Wacquant 2006: 15) y de la cual se defiende “su validez concreta” (Wacquant 2006: 16) así apenas se le menciona una sola vez en todo el texto.

La consideración del cuerpo como método de investigación social supera ampliamente el planteamiento de este artículo pues dichas formulaciones existen ya en ciertas líneas de antropología y sociología por lo general destinadas a estudios de género (Price y Shildrick 1999). Esta área va en un aumento considerable pues parece que encontró en estas modas a la horma de su zapato -tomando en cuenta que Entre las cuerdas podría ubicarse dentro de esa lógica[8]. Y como todo boom académico, no podemos olvidar mencionar la participación de revistas especializadas tales como Estudos Feministas[9], Feminist Review[10], Body and Society[11], Men and masculinities[12], etc., u otras a las que les dedicaron un número como Alteridades[13] o Pensar[14]. A su vez, y de forma sospechosamente rápida, tales maniobras retóricas ya se han conformado en centros de investigación académica importantes, sea el caso del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) donde se promueven libros, programas y seminarios a temáticas sobre el cuerpo o la subjetividad desde una perspectiva supuestamente metodológica y política[15] que últimamente van cobrando muchos adeptos. Dichos campos están unidos por un apotegma fundamental: proscribir al cuerpo como un método novedoso de investigación, claro está, obviamente cualitativo (Vera y Jaramillo 2007) (Urraco 2013). Tales referencias que apenas aquí cabe mencionar nos ayudarán para ubicarnos en el asunto. Lo que consideramos importante para nuestros fines es explicitar cómo Entre las cuerdas se adscribe a esa lógica o guarda distancia de ella. Las formas antes que los motivos.

No obstante, y a despecho de lo que siempre se diga al respecto, toda disciplina social efectivamente usa al cuerpo del investigador como herramienta, suponiendo claro que el encéfalo, aquel que intelectualiza la realidad a través de la cognición, forme parte del mismo. Las críticas a lo que Anthony Giddens denominó consenso ortodoxo (Giddens 1982), en referencia a cierto positivismo nunca identificado del todo, tuvo como alegato principal una recusada superposición de los modelos teoréticos del investigador por encima de la voz del sujeto a investigar. No obstante su locus sociológico, estas premisas encontraron su problemática resolución en cierto tipo de antropología: en el interpretativismo de Clifford Geertz sucedió lo mismo a pesar que se anunció con bombos y platillos un retorno al nativo (Reynoso 1995), de igual manera en el perspectivismo amerindio de Eduardo Viveiros de Castro a pesar que dicho retorno es parte constituyente de su epistemología (Morales 2014b).

Pero ¿qué significa ahora el cuerpo del investigador como herramienta (Wacquant 2012) que de alguna forma se distingue de todo lo hecho anteriormente? Este precepto indica pues no una ruptura sino un énfasis: No se trata de que antes el cuerpo del investigador no fuese una herramienta sino que no ocurrió en los términos en los cuales se propone hoy. Y es así que se habla del cuerpo como herramienta novedosa no porque no lo haya sido antes sino que ahora lo es gracias a cierto tipo de postestructuralismo infiltrado dígase lacaniano, deleuziano, derridiano o foucaultiano (Vera y Jaramillo 2007) (Moreno 2001) (Wacquant 2012) en algo que ya es una nueva moda académica.

Estas pretensiones llegan a su punto de cocción cuando se concibe al cuerpo no solamente como herramienta sino también como un método (muchas veces el principal) de una investigación y por lo general esto se logra abandonando a consciencia cualquier otra aproximación cabal. Que no nos sorprenda que si al postular al cuerpo como “método” de pronto se suspenda cualquier recurso de intelección racional de un fenómeno cualquiera en pro de la intuición, la sensibilidad literaria o la retórica. Señalar al cuerpo como herramienta no implica mayor problema pero identificarlo como un método de investigación revela exageradas imprecisiones; más aun señalar que el cuerpoen el cual no se incluye el encéfalo, como si representara alguna excrecencia molestosa para ciertos fines, implica un retorno a cierto dualismo cartesiano que actualmente es una herramienta, contra todo pronóstico, potente.

El entrenamiento de un púgil es una disciplina intensiva y agotadora […] que intenta transmitir de forma práctica, por incorporación directa, un conocimiento práctico de esquemas fundamentales (corporales, emocionales, visuales y mentales) del boxeo. Lo que sorprende de entrada es su carácter repetitivo, árido, ascético: sus diferentes fases se repiten indefinidamente, día tras día, semana tras semana, con variaciones ínfimas. Muchos candidatos son incapaces de tolerar la «devoción monástica, [...] la subordinación total de sí» que dicho entrenamiento reclama […] (Wacquant 2006: 67)

Es notable apreciar cómo por momentos se empieza una argumentación donde, en apariencia, el investigador requiere de un lenguaje neutro codificado racionalmente: “disciplina”, “incorporación directa”, “conocimiento práctico”, “esquemas fundamentales” o “somatización” (Wacquant 2006: 132), para luego desplazarse subrepticiamente hacia un lenguaje digno de cualquier perspectivista[16]: “árido”, “ascético”, “devoción monástica”, “subordinación total de sí”[17], que utiliza para tornar exótica una narrativa que por momentos es aburrida. Luego de este recorrido, es imprescindible que realicemos la síntesis obligatoria: Se ha analizado Entre las cuerdas en su propio lenguaje, recurriendo a su propia terminología y conceptos que, bien o mal definidos, expusieron una idea transformada en proyecto metodológico.

Ahora, el fin de Entre las cuerdas no es simplemente presentar al cuerpo como un método sino ver lo que se obtiene a través de él, lo cual es, para no perder la costumbre, expresado de distintas maneras: “incorporación directa” (Wacquant 2006: 67), “prácticas de incorporación” (Wacquant 2006: 75), “proceso de incorporación” (Wacquant 2006: 132)[18]; y en referencia al libro la variabilidad es marca registrada: “dispositions corporelles et mentales” (Wacquant 2010: 109), “la logique en actes d’une pratique corporelle” (Wacquant 2010: 116), “catégories cognitives” (Wacquant 2010: 116), “proceso de encarnación” (Wacquant 2008b: 19-20), “la naturaleza visceral de la vida social” (Wacquant 2008b: 12); o finalmente “savoir comment se produit un agent social compétent et appétent, c’est-à-dire doté des capacités d’agir, de sentir et de penser adéquates à l’univers dans lequel il se trouve, qui font qu’il veut en être et qu’il y est connu et reconnu” (Wacquant en Keucheyan 2003: 19), que “Ce savoir n’est pas transmissible par la parole ou par la seule maîtrise mentale. L’apprentissage se fait «par corps»“ (Wacquant en Keucheyan 2003: 19), que ”le savoir pugilistique se réduit peu ou prou à un savoir incorporé, tacite, prédiscursif, chevillé au corps au sens fort” (Wacquant en Keucheyan 2003: 19), que “Faire une sociologie charnelle, c’est prendre au sérieux le fait que l’agent social est incorporé” (Wacquant en Keucheyan 2003: 20) o finalmente que “saisir le corps non seulement comme «construit social», produit de la société et de la culture, mais aussi comme constructeur social, comme matrice génératrice de connaissance et d’action“ (Wacquant en Keucheyan 2003: 20). Ahora, los intérpretes y lectores mantendrían una postura relativamente similar: se habla de“sensibilidad corporal específica” (Moreno 2001: 175), “estados cognitivoemocionales” (Moreno 2001: 175) o “la logique pré-logique de la pratique” (Quidu 2009: 51), y que como si no bastase solamente con el cuerpo, el objetivo trasciende inesperadamente hacia una “teoría de acción de cuerpo completo” (Wacquant 2008b: 33).

Y es que hablar de esquemas mentales, corporales o cognitivos le puede costar al autor más de un esfuerzo. ¿Por qué no se habló del cuerpo tal y como lo conocemos, es decir, del concreto realmente existente y de cómo este se modifica? ¿Por qué no recurrir a lo que las neurociencias llaman reclutamiento motor (motor unit recruitment)? Dentro de este inmenso campo de conocimientos existe un pequeño capítulo destinado a explicar, mediante modelización, la capacidad que ostenta el sistema muscular/SNC-SNP de realizar, mediante aprendizaje, determinadas actividades, que quizás le hubiere otorgado al objeto modelo de Wacquant más proyección científica de la que dice ostentar. Aparentemente, por más que Wacquant enarbole sin descanso que la sociología carnal rescata justamente lo carnal del cuerpo y sus afecciones, parece que por hablar sobre el cuerpo se le olvidó hablar del cuerpo. Sucede que la sociología carnal se realiza con una imagen lo suficientemente distorsionada del cuerpo y no con su constitución real y concreta ¿Será esto lógicamente posible? Más allá de que lo sea o no, sucede y representa una problemática real para las futuras ciencias sociales -claro está si es que el anhelo de constituirse como ciencia aun conmueve a sus más endilgados practicantes.

Es posible afirmar, en su defensa, que Wacquant no es neurocientífico sino sociólogo y que su trabajo no está sometido a tales rumbos, pero ¿es realmente así como tiene que proceder una investigación que se autocalifica de científica? ¿Es así como la sociología carnal o un científico social cualquiera embarga una temática ya conocida con otro nombre por otra disciplina científica? Por más que Wacquant haya querido recuperar la literatura como género comprensivo está más que claro que Entre las cuerdas persigue la idea de un marco metodológico científico, por más básico, chato y anticuado que fuere, por lo tanto, es errado pensar, sospechar o intuir que Wacquant haya querido explorar “métodos” humanísticos de investigación. No se trató de dejar hablar al “cuerpo” por encima de cualquier intento de racionalización; lo que aquí aconteció fue que se dejó crear libremente a la imaginación del autor párrafos sin sentido bajo el pretexto de que quien actuaba era el cuerpo, como si este identificara patrones y esquematizara por su propia cuenta sin ayuda de cualquier tipo de participación racional, la cual está presente, inclusive, desde que uno empieza a escribir la primera línea de un texto. De tanto hablar aquí de sangre, cuerpos que actúan por sí mismos y encéfalos ajenos y flotantes, ya no se sabe si estamos atestiguando un caso de sociología postestructural o si se trata del guión para una nueva película de Hannibal Lecter.

Otro tópico que pudo haber sido profundizado, de clara inspiración bourdieusiana, es el capital corporal (Wacquant 2006 y 2012) del cual solo se realiza apenas 7 menciones sin que se le defina o fundamente con claridad, como quien deja a la intuición de algún lector concluir su definición. La diferencia está en que mientras Bourdieu fundamentaba sus conceptos mediante análisis estadístico[19], Entre las cuerdas evade tal paso, pues a pesar que esta obra no tiene como objetivo develar correlaciones es evidente que intenta apoyarse sobre una concepción sociológica científica cuya relación con Bourdieu es más supuesta que real. No obstante, si lo central del texto fuera el capital corporal desde la comprensión del sentido en la práctica del box, el punto principal del libro cambiaría desde el capital corporal y sus menciones aleatorias hacia el boxeo como una forma de capital corporal. Pero esta trasposición no se realiza, razón por la cual el capital corporal si bien llamativo no es vertebrador; tal concepto es digno de constatación, pero su in-exclusividad, empirismo, etnografismo y retoricismo debilitan su concreción.

En esencia, lo que Wacquant señala de Entre las cuerdas es que se trata de una aplicación metodológica sobre la construcción de los cuerpos que no supera el plano empírico-descriptivo-narrativo. A tal punto, podemos afirmar que Wacquant propone una técnica llamada sociología carnal para demostrar empíricamente cómo se construye el cuerpo pues su finalidad es “restituer la dimension charnelle de l’existence” (Wacquant 2010: 121), más allá de lo que esto signifique. Ahora, esta maniobra recae más sobre una inestable intuición literaria que sobre definiciones concretas y una propedéutica básica lo cual nos hace preguntarnos, al final, si esta técnica realmente existe.

La reflexividad en el espejo

-Para Bourdieu

Una vez revisado el planteamiento, una luz al final del túnel cobra “cuerpo”. La reflexividad, según Pierre Bourdieu, es un artilugio metodológico deudor de la objetivación participante, el cual es definido como “la objetivación del sujeto de la objetivación, del sujeto analizante […], del investigador mismo” (Bourdieu 2003a: 43), es decir, reconocer al investigador como un elemento más del proceso de conocimiento. Este artilugio “pretende una objetivación de la relación subjetiva con el objeto que, lejos de desembocar en un subjetivismo relativista y más o menos anticientífico, es una de las condiciones de la objetividad científica” (Bourdieu 2003a: 45). El reconocimiento del investigador como instancia del proceso cognoscitivo, nos dice, no implica su suspensión, lo cual reafirma al decir que dicha entrada “tiene efectos científicos bien reales.” (Bourdieu 2003a: 50). La objetivación participante permite concretar con mayor eficacia un conocimiento científicamente plausible. Sobre este cimiento se escribe la reflexividad, efecto de la objetivación participante:

La reflexividad a la cual conduce la objetivación participante no es para nada […] la que practican de ordinario los antropólogos "posmodernos" […]; aplica al sujeto cognoscente los instrumentos de objetivación más brutalmente objetivistas que proporcionaron la antropología y la sociología, y en particular el análisis estadístico… (Bourdieu 2003a: 47)

Es de apreciar que estas nociones guardan relación directa con las de lógica de la práctica y sentido práctico, que si bien constituyeron una novedad difícil de comprender en sociología, era un discurso ya conocido en antropología: comprender al otro en sus propios términos. Tal es así que la reflexividad funcionaría también como un “proceso posicional mediante el cual el investigador reconoce que está histórica y geográficamente situado, que ocupa un espacio social determinado y determinante, afectado por los escenarios de producción, de recolección y de interpretación de la información” (Vera y Jaramillo 2007: 251), es decir, la reflexividad “opera como mecanismo de control sobre los datos que se recogen, las condiciones de producción, la comparación de los datos recogidos con series de datos producidos por otros” (Vera y Jaramillo 2007: 254). Vale aclarar también que el asunto de la reflexividad como tal forma parte de las últimas etapas de trabajo en Bourdieu siendo su último libro El oficio del científico. Ciencia de la ciencia y reflexividad (2001), donde aparecería de forma sistemática (Giglia 2003). El mismo nos explica más el asunto en este hidalgo ejemplo de desalineación metodológica:

Esto podría hacer creer que me refiero a cierta práctica que ha sido puesta de moda, hace algunos años, por ciertos antropólogos, especialmente del otro lado del Atlántico: la cual consiste en observarse observando, en observar al observador en su trabajo de observación o de trascripción de sus observaciones, en y por una vuelta sobre la experiencia de terreno, sobre la relación con los informantes y, last but not least, sobre el relato de todas las experiencias que conduce, muy a menudo, a la conclusión, bastante desesperante, de que todo eso no es en definitiva más que discurso, texto, o peor, un pretexto del texto. (Bourdieu 2003a: 43)

Lejos de parecerse a la reflexividad practicada por los antropólogos norteamericanos (Reynoso 1991) u otras vertientes similares en las cuales se afirma que “No hay, ni consenso metodológico ni etnografía ideal” (Ghasarian 2008: 13), para Bourdieu el cuestionamiento sobre el carácter del investigador no tendría como finalidad la suspensión del conocimiento objetivo sino su promoción directa. Cualquiera sospecharía que es posible dividir entre un tipo de reflexividad científica y otro de tinte anticientífico o al menos cuestionador, sin embargo, tampoco debe leerse a la reflexividad bourdieusiana como la correcta pues en torno a su definición se llegan a contar hasta diez sentidos definibles (Farfán 2005). No obstante queda más que claro que Bourdieu tenía un planteamiento concreto en torno a esta problemática, cosa de la que Wacquant adolece.

-En Wacquant

Bourdieu no sería el único el desligarse de las variantes posmodernas. Con las disculpas del caso por reproducir tan extenso párrafo:

Susana Durão – ¿Pero entonces, si Entre las cuerdas no está centrado en la persona de Busy Louie, el sociólogo-boxeador aprendiz, ello quiere decir que no se trata de un libro de antropología reflexiva?

Loïc Wacquant: No en el sentido en que lo entiende la antropología llamada «postestructuralista» o «postmoderna», para la cual el retorno de la mirada analítica se dirige, ya hacia el sujeto cognoscente en su intimidad personal, ya hacia el texto que entrega a sus pares y a los circuitos de poder-saber en los cuáles circula. Estas formas de reflexividad, narcicística y discursiva, son muy superficiales; pueden llegar ciertamente a ser útiles en un momento de la investigación para limitar el juego de los sesgos más groseros (identidad y trayectoria sociales, afectos, efectos retóricos, etc.). Pero detienen el movimiento de la auto-crítica allí donde debería comenzar, o sea mediante el cuestionamiento continuo de las categorías y de las técnicas de análisis sociológico y de la relación al mundo que presuponen. Es este retorno sobre los instrumentos de construcción del objeto, por oposición al sujeto de la objetivación, que es la marca distintiva de lo que se puede llamar reflexividad epistémica. Otra diferencia con la reflexividad «egológica» o textual de los antropólogos subjetivistas, es que se despliega no al final del proyecto, a posteriori, al momento de redactar el informe, sino en su transcurso, en todas las etapas de la investigación. Apunta hacia el conjunto de las operaciones más rutinarias, desde la selección del sitio y de los informantes hasta a las preguntas a formular o a evitar, pasando por la utilización de los esquemas teóricos, de los instrumentos metodológicos y de las técnicas de exposición, en el momento mismo en que son realizadas. Entre las cuerdas es por ende un libro reflexivo en el sentido en que el dispositivo mismo de la investigación me forzaba permanentemente a reflexionar sobre la adecuación de los medios de investigación a su fin, sobre la diferencia entre el dominio práctico y el dominio teórico de una práctica, sobre el margen entre el entusiasmo sensorial y la comprensión analítica, lo visceral y lo mental, el ethos y el logos del pugilismo pero también de la sociología.[…] La reflexividad epistémica se impone con una urgencia tanto mayor al etnógrafo cuando todo lo invita a someterse a las preconstrucciones del sentido común. Por deber metodológico, ella se impone estar a la escucha de los agentes a los que estudia y tomar en serio su «punto de vista».[20]

Según se lee, en este fragmento correspondiente a una entrevista realizada en el año 2007, Wacquant claramente defiende la idea de que la reflexividad epistémica de Entre las cuerdas es la misma reflexividad firmada por Bourdieu, pues a pesar que el autor reconoce que “est une ethnographie expérimentale“ (Wacquant 2010: 117) (Ver también Wacquant 2008a) aclara también que “n’est pas un exercice d’anthropologie réflexive au sens de l’anthropologie dite «poststructuraliste» ou «postmoderne»“ (Wacquant 2010: 118) debido a dos motivos: (1) Situar a la etnografía como una “metodología” teóricamente pensada, es decir, una “herramienta de construcción teórica” (Wacquant 2008a: 129) (Wacquant 2010: 109); y (2) por ser radicalmente crítica con la reflexividad antropológica. Es más, a decir del autor, Entre las cuerdas fue realizada “à la manière de la seconde École de Chicago […] comme le recommandait Erving Goffman” (Wacquant 2010: 117) y bajo una concepción completamente opuesta al animal simbólico de Clifford Geertz o Herbert Blumer (Wacquant 2010) e, inclusive, guiada por el racionalismo materialista de Gaston Bachelard (Wacquant 2010 y 2008a) (Farfán 2005). En pocas palabras, Wacquant nos dirá: “Mi libro es reflexivo” (Wacquant 2008b: 35).

Wacquant, a pesar de reconocer su amplia formación antropológica (Wacquant 2008a), aclara que Entre las cuerdas es “no auto-etnográfico” (Wacquant 2008b: 36) (Wacquant 2008a) y que “No es un ejercicio dentro de la “antropología nativa”” (Wacquant 2008b: 36) ya que “está […] escrito en contra del grano del postmodernismo y en contracorriente con el irracionalismo narcisista que ha informado los esfuerzos etnográficos de la última década” (Wacquant 2008b: 36) o que “fue escrito contra el subjetivismo, contra el narcisismo y el irracionalismo que sostiene cierta teoría literaria llamada “posmoderna”” (Wacquant 2008a: 135) por lo que “no es autobiográfica ni siquiera biográfica” (Wacquant 2008b: 36) ya que “rechaza la anticuada noción de identidad” (Wacquant 2008b: 36), más aun, consolidándose como “anti-autoetnográfico en diseño y espíritu” (Wacquant 2008b: 36). Alguna lectura dirá que “la sociología carnal no es una intentona más del postmodernismo […] por el contrario se piensa como ciencia y se inscribe dentro del campo del conocimiento objetivo” (Roldán y Mauro 2008: 7).

Lo curioso de todo, es que cierto tipo de reflexividad antropológica es, en principio, similar a la sociológica:

[…] el paradigma de las ciencias naturales al que adhirieron grandes teóricos de la antropología participa de la “ilusión metodológica” que consiste en tomar la dicotomía sujeto/objeto […] como evidente. Ahora bien, el objeto no es totalmente independiente de las condiciones históricas, culturales y lingüísticas de observación.
El etnólogo no es un ser objetivo que observa objetos, sino un sujeto que observa a otros sujetos. (Ghasarian 2008: 15)

También, en un segundo párrafo:

Esta actitud consiste en no ser ingenuo en su investigación y en mantener una conducta reflexiva que tome en cuenta las estructuras cognitivas del investigador, su relación subjetiva con el objeto de estudio y el proceso de objetivación de la realidad (el conocimiento científico). (Ghasarian 2008: 17)

Además, esta vertiente antropológica insiste en que “la reflexividad, el “regreso a sí mismo” y su actividad son los únicos remedios contra el intelectualismo y los medios para mejorar la calidad de una investigación” (Ghasarian 2008: 18) pues se considera heredera de la objetivación participante de Bourdieu ya que esta representa el  “fundamento mismo del proyecto antropológico” (Ghasarian 2008: 22). El descargo en contra de las corrientes posmodernas, también presente, va en el tenor de reconocer que “La sofisticación epistemología que […] es aprehendida bajo la etiqueta de “reflexividad” se vuelve trivial cuando significa simplemente una introspección psicologizante y autocentrada del narrador” (Ghasarian 2008: 19). Y finalmente, la consideración de que “El rigor metodológico lleva a superar el empirismo ciego” (Ghasarian 2008: 17). Aquí parece que el asunto vuelve a enredarse más de lo que pensábamos.

Volviendo a nuestro tema ¿habla Wacquant de reflexividad? En Entre las cuerdas la reflexividad es mencionada 4 veces pero ninguna de ellas evoca la definición y usanza proporcionada por Bourdieu, a pesar de que este estuviera sorpresivamente de acuerdo con la elaboración de dicho texto (Wacquant 2008a y 2008b). Aquí, confiando en las críticas que presento, me genera la duda de si Bourdieu habrá visto o no las imprecisiones que aquí recolectamos. No obstante, el asunto es más tendencioso ya que no se aprecia el resultado que la aplicación de la reflexividad planteada en los términos de Bourdieu conlleva, ni en su definición ni en sus consecuencias. La reflexividad ejercida por Wacquant termina por parecerse más a la reflexividad antropológica posmoderna asidua recurrente a terrenos literarios en los cuales aparecen las constantes fenomenológicas y hermenéuticas de la alteridad, el Otro, el mismo y las recurrencias a pensar el cuerpo sin el cuerpo por sobre las matrices estadísticas de Bourdieu. Y esto se torna más curioso aun si caemos en cuenta de que Bourdieu edificó y aplicó la reflexividad en una escala estructural, mientras que Wacquant la menciona, aparentemente, desde una escala etnográfico-interaccional ¿será por esto que generaron resultados tan distintos? En principio podría parecer la razón y el problema de la reflexividad tendría su raíz en un asunto de escalas pero la madeja va mucho más allá.

A decir de su autor, Entre las cuerdas fue un libro cuyo fin fue, más allá de la reflexividad y el cuerpo, “desplegar y desarrollar el concepto de habitus” (Wacquant 2008b: 12) o también que “la agenda teórica del libro es absorber, ejemplificar y probar empíricamente la noción de habitus” (Wacquant 2008b: 20). No obstante, se llega al extremo de subtender la totalidad de su exploración a dicha noción al afirmar que “El concepto de habitus como filosofía operante de acción y como guía metodológica organiza la totalidad de Entre las cuerdas” (Wacquant 2008b: 37) o también que Corps et âme propose une radicalisation empirique et méthodologique de la théorie de l’habitus” (Wacquant 2010: 116) (Wacquant 2008a: 132) o llegándose a hablar incluso de un “habitus pugilístico” (Wacquant 2006: 31, 97, 98, 251) (Ver también Wacquant 2008).

Aquí, a través de la referencia al habitus, ya hacemos referencia a una escala estructural. Pero ahí no queda todo. Lo oscuro del asunto es que Wacquant, quizás en un intento de parecerse a Bourdieu, declara que la sociología carnal de Entre las cuerdas revela un “doble proceso de incorporación de las estructuras sociales” (Wacquant 2008b: 21)[21]para lo cual se requiere el uso de la “técnica etnográfica de investigación e interpretación” (Wacquant 2008b: 32) la que funciona como un “trampolín metodológico” (Wacquant 2008b: 33) para construir una “sociológica científica” (Wacquant 2008b: 34). Es decir que mientras Bourdieu edificó la reflexividad casi al final de su vida y en clara consonancia con una lógica estructural posibilitada por el análisis estadístico y la modelización matemática analógica (habitus y campo), Wacquant hará uso de este recurso en una escala etnográfica haciendo referencia a modos estructurales donde a pesar que la estadística y la modelización no tienen lugar, se les menciona reiteradamente.

A pesar que el mismo Bourdieu otorgó determinadas definiciones del concepto de habitus (Bourdieu 2000, 2007, 1997) era claro que esta noción hablaba de disposiciones, correlaciones, patrones, etc., mensurables mediante estadística expresables en modelos matemáticos, no obstante, el habitus mencionado en Entre las cuerdas, parece tener muy poco de ello.  Wacquant, a este respecto, nos daría algo muy parecido a una nueva definición de habitus donde lo matemático-disposicional es dejado de lado para abrazar una conceptualización bastante más general; el autor nos dice que La notion d’habitus pose que les agents humains sont des animaux historiques portant en leur corps des sensibilités et des catégories acquises, qui sont le produit sédimenté de leurs expériences sociales passées” (Wacquant 2010: 109-110) pues  “en tant que sédiments incorporés de l’histoire individuelle et collective, elles sont elles-mêmes socialement construites” (Wacquant 2010: 115). Como se aprecia, el habitus para Wacquant tiene más que ver con la historia, el cuerpo y la sensibilidad que con la definición originaria otorgada por Bourdieu, a pesar que el objetivo era enfocar el habituscomo dispositivo metodológico, es decir que me meto en situación de adquirir por la práctica, en tiempo real, las disposiciones del boxeador” (Wacquant 2008a:132) (Wacquant 2010: 116). Nuevamente aquí apreciamos el carácter terrenal del habitus para Wacquant; no obstante, no podríamos decir que se trata de una versión más sofisticada, menos “positivista” y más postestructuralista o “dinámica”, si fuere el caso, de la definición de habitus sino que lo que acontece es una definición radicalmente diferente, edificadas ambas desde posturas epistemológicas diversas y llevadas a cabo mediante marcos metodológicos distintos. Es como si se hablara de dos cosas ajenas bajo un mismo nombre.

¿Qué sucede realmente en Entre las cuerdas? Después de todo, las aseveraciones en torno a su no-posmodernismo y su no-postestructuralismo son discutibles. Si bien Wacquant, al igual que Bourdieu, defiende la cientificidad de su sociología (Wacquant 2006, 2008a, 2008b, 2010) (Quidu 2008), Entre las cuerdas no es un buen ejemplo de tal alegato. Si para Bourdieu, el dueto objetivación participante/reflexividad era mediada por el análisis estadístico, lo cual le otorga su carácter objetivo, dígase mensurable, a los fenómenos estudiados ¿qué sucedería entonces con aquella etnografía reflexiva, a decir no-posmoderna/no-postestructuralista, donde tampoco aparezca el análisis estadístico ni la formalización que dicho recurso requiere para no confundirse con otros?
Teniendo en cuenta, claro, la distinción de escalas, recordemos que para Bourdieu el uso masivo de artilugios literarios no era algo exclusivo de su trayectoria a pesar de lo barroco que pueda llegar ser por ejemplo en Meditaciones pascalianas (1997). Bourdieu, o era filosóficamente innecesario o científicamente delimitado. En Entre las cuerdas, solo unas cuantas páginas nos dan la bienvenida a dudosas cuestiones metodológicas mientras los ¾ restantes son enteramente narrativos[22]. ¿Es esta la reflexividad de la cual habló Bourdieu o es esta la reflexividad epistémica de la cual habló Wacquant? ¿Es convertida en literatura como se constituye? ¿Dónde está el análisis estadístico? ¿Es la reflexividad numérica o literaria, objetiva o subjetiva? Tal parece acaso que Entre las cuerdas es un experimento que muestra la esencia más oculta y perversa de la reflexividad que nunca terminó por cuajar. ¿Es la reflexividad un procedimiento fundamental de la ciencia social o un término que esconde incapacidades epistemológicas?

-Cuando la reflexividad se halló perdida

El asunto de la reflexividad, al igual que el del cuerpo, supera ampliamente la referencia a Entre las cuerdas. Este precepto metodológico, como podré demostrar, porta en sí misma una historia por lo menos enredada. Uno puede buscar referencias y encontrará, por ejemplo, una reflexividad de autoría antropológica francesa (Hernández y Althabe 2005) u otra de origen antropológica posmoderna norteamericana (Reynoso 1991) (Giglia 2003), una reflexividad sociológica inspirada en Bourdieu (Giglia 2003) (Ghasarian 2008) (Archer 2010)[23], en el interpretativismo de Geertz (Ghasarian 2008), en la acción comunicativa (Ghasarian 2008), en Edgar Morin y el pensamiento complejo (Caicedo 2003), en el feminismo posmoderno (Haraway en Hidalgo 2006), en cierto tipo de cognitivismo (Woolgar y Ashomore en Hidalgo 2006) y, si nos ponemos insistentes, encontraremos hasta una antropología intercultural “doblemente reflexiva” (Dietz 2011). Para algunos, la reflexividad supera las dualidades (Giglia 2003) (Roldán y Mauro 2008), para otros, su efecto es comparable con las obras de Comte, Marx, Weber y Durkheim (Giglia 2003).

Véase ahora que las menciones anteriores tomaron como eje la historia de la reflexividad pero atestigüemos cómo el mapa se enreda más cuando incluimos otras variables. Nótese cómo las referencias se repiten, ya sea para una variable o para otra, inclusive si estas se contraponen lógicamente.

(1)   La cientificidad; donde unos la defienden (Bourdieu 1995 y 2003b) (Wacquant 2008b) (Quidu 2008) (Giglia 2003) (Ghasarian 2008) (Caicedo 2003) (Hidalgo 2006) y otros la cuestionan (Ghasarian 2008) (Caicedo 2003) (Haraway en Hidalgo 2006).
(2)   La corporeidad; donde todos la mencionan. En algún caso, la noción de cuerpo va sumada a procesos de subjetivación y percepción (Caicedo 2003).
(3)   La escritura etnográfica; donde unos la enarbolan (Reynoso 1991) (Caicedo 2003) (Haraway en Hidalgo 2006), otros la toman con cuidado (Bourdieu 1995 y 2003b) (Ghasarian 2008), otros la consideran en su forma narrativa (Giglia 2003) y otros dicen rechazarla cuando en realidad la superponen (Wacquant 2006 y 2008a).
(4)   La epistemología; en algunos casos hermenéutico-interpretativa (Ghasarian 2008) (Dietz 2011) (Hernández y Althabe 2005), estructural-constructivista (Bourdieu 1995 y 2003b) (Ghasarian 2008), antifenomenológica (Roldán y Mauro 2008), cognitivista (Woolgar y Ashomore en Hidalgo 2006), compleja (Caicedo 2003) o reflexiva autónoma (Ghasarian 2008) (Wacquant 2006).
(5)   La influencia de Bourdieu; todos los mencionados excepto uno (Caicedo 2003). Mientras que otro sitúa en el mismo peldaño metodológico a Clifford Geertz, Harold Garfinkel y Pierre Bourdieu (Ghasarian 2008) autores que bien pueden estar en polos contrarios.

A mi decir, en base a estas formulaciones que pude ordenar, la madeja en torno a la reflexividad supera estrepitosamente el intento de una clasificación dual entre objetivistas/subjetivistas (Hidalgo 2006) pues si bien esta dualidad comienza a precisar sus polos al inicio, conforme avanzan las formulaciones las fronteras se van borrando, mostrándose hasta tres o cuatro tipos de reflexividad y todos bajo los mismos lemas, los mismos preceptos, cánones y conceptos, los mismos autores base, inclusive si están a favor de la objetividad, la legitimidad y la ciencia, o si están en su contra. Cecilia Hidalgo reconoce este efecto al decir que “Las distintas maneras de entender la reflexividad que se han ido delineando desde entonces corresponden […] a ideas divergentes acerca de la naturaleza de la investigación científica, tanto en el campo social como en el natural y matemático” (Hidalgo 2006: 47), no obstante, la configuración dual se revela intacta:

En grandes líneas podemos distinguir dos orientaciones extremas: a) quienes la concibieron como una herramienta para mejorar la precisión observacional, y por ende la capacidad representativa e interpretativa de la ciencia, y b) quienes la tomaron como un impulso hacia la exploración de diferentes maneras de hacer preguntas acerca de las prácticas cognoscitivas. (Hidalgo 2006: 47-48)

El asunto con la clasificación dual es, en primer lugar que lo dual nunca será buen esquema para asuntos entreverados como estos, sin embargo el mal mayor que encuentro es que su configuración cometió el error, algo inocente por cierto, de tomar como verdadero los juicios que el académico señala sobre su propio trabajo. Si fuéramos a creer lo que cualquier académico dice de su obra, por más famoso que fuere, Lévi-Strauss sería el mayor científico de las ciencias sociales, Geertz hubiere diseñado con éxito sistemas socioculturales tomando en cuenta la voz del nativo, Viveiros de Castro hubiere combinado con éxito la filosofía de Kant y la geometría de Riemann con los mitemas de Lévi-Strauss, y Entre las cuerdas sería el libro de sociología reflexiva más científicamente capaz cuyas elaboraciones se revelan tan exactas como las de la física cuántica. Pero el asunto evidentemente no va por ahí.

Lo que proponemos aquí es desconfiar de los testimonios, realizar la crítica interna y analizar los hechos reales vertidos en la metodología, para este caso, mediante la inclusión de variables tales como el cuerpo, la cientificidad, el basamento autoral, las metodologías, etc., las cuales coadyuvarán a ordenar el cuadro con una imagen más exacta y compleja -y de paso saber quién miente. Muchos dirán que la divergencia metodológica es positiva para la disciplina, pero si esta nace y ocurre bajo los mismos mecanismos para terminar concluyendo cosas literalmente opuestas, entonces algo anda mal. Personalmente, sospecho de toda ínfula científica que al final termina desviándose hacia el sentido, el cuerpo, la etnografía o la literatura, sumado a las grotescas imprecisiones, inexactitudes, divergencias, vacíos y pseudoproblemas, inclusive si el mismo Wacquant nos lo advierte al inicio. No podemos ser tan inocentes al respecto.

Sin embargo, no es tema central de este artículo proponer una solución total a este revuelco, lo cual debería tomar mucha más bibliografía y un mayor trabajo de sistematización del aquí expuesto, mayor operativización de variables, presupuestos hipotéticos y lectura de casos aplicados que no renuncio hacer más adelante; sin embargo, considero que es necesario evidenciar lo que creo es una problemática real en torno a la extrema divergencia y, lo que evalúo ya como, una pérdida de ruta que el precepto de la reflexividad va sufriendo.

Y para aclarar, aquí no se escribe desde una tribuna cuantitativa que defiende el reduccionismo numérico de la ciencia social enemiga de toda aproximación cualitativa, sino que, a través de una serie de reflexiones epistemológicas, metodológicas endosadas en la crítica interna, se puso el dedo sobre la llaga para advertir cualquier condescendencia hacia quien al inicio habla de ciencia y luego termina haciendo literatura fantástica. Si bien uno es libre de personalizar su método con el nombre que plazca o de iniciarlo con las advertencias del caso, este no tiene por qué apoyarse sobre piso científico cuando en realidad está del otro lado del muro, pues esto no solo tiene que ver con preceptos metodológicos lógicamente imposibles o con un lenguaje exótico, sino, como espero haya podido mostrar con claridad, con conceptos mal empleados, con una endebleza metodológica y epistemológica vestida de palabreo científico, excesivo narrativismo, indiferenciación conceptual y polisemia desenfrenada. Aquí no se recriminan las nociones de reflexividad, el cuerpo como herramienta o la etnografía porque develan sentidos racionalmente invisibles lo cual es en sí mismo reprochable sino por disfrazarse científicamente de algo que no son en lo más mínimo.

Sin embargo, existen algunas apreciaciones positivas. Por una parte, advierten que si bien “a un momento dado se dejó seducir por su objeto […] no obstante volvió a su oficio inicial, por lo que nos pudo ofrecer esta original y estimulante obra […] un libro atractivo cuyos diferentes tipos de narración logran dar al conjunto unidad y armonía” (Lutz 2007: 175). Más allá de los juicios valorativos, se confía en la unidad y armonía de Entre las cuerdas, curiosamente gracias a las mismas razones por las que aquí se le condena. De pronto la falta de coherencia y sistematicidad que tamaña prospección teorética requiere se convirtieron en su apremiante razón de ser. Por otra parte, se afirma que Wacquant estuvo explícitamente “rattaché aux théories de Pierre Bourdieu” (Lévy 2002: 614), y de forma similar a la de Lutz, reconoce también una diversidad temática inexplicablemente vinculada a los esquemas mentales y corporales: “Les trois textes de Wacquant permettent, dans la diversité de leur tonalité, de bien appréhender le caractère opératoire du concept de «sens pratique», ici saisissable dans un domaine particulier où le physique et le mental sont inextricablement liés” (Lévy 2002: 616).

Esta especie de enmascaramiento metodológico puede ser la razón por la cual las reseñas hechas a Entre las cuerdas (Lévy 2002) (Lutz 2007) (Acevedo 2008) no evocan lo sustancial del libro en sus propios términos, ni explican los mecanismos teóricos del autor, ni mucho menos esbozan crítica alguna. Una apenas presentó el libro (Acevedo 2008), otra vinculó y comparó a Wacquant con Bourdieu, cuyas obras estrictamente estructuralistas (Bourdieu y Passeron 2009) (Bourdieu 2002c y 2010) fueron extrañamente dejadas de lado (Lévy 2002), y otra quizás fue muy certera, pero inerte, con la afirmación de que “Entre las cuerdas no es un libro sociológico” (Lutz 2007: 175). Lo que realizamos aquí fue exponer, en sus propios términos, un texto que despliega una leve y aparente aura científica y epistemológica no obstante terminó transformada en una obra literaria; algo que nadie dijo.

-La reflexividad en peligro de extinción.

Como hemos atestiguado, las críticas no solo se vierten en estas páginas sino también desde otros sitios donde la sospecha a su retórica, sus ínfulas científicas, su etnografismo impresionista marcan la pauta de algo mucho mayor. Esperemos que las reflexiones críticas aquí vertidas, línea por línea, hayan podido satisfacer el nivel de la crítica. No obstante queda algo más por decir.

Si muchos de nosotros confiábamos en que Wacquant, al ser discípulo y amigo de Bourdieu, tomara las riendas de cierta cientificidad sociológica veremos pues que nuestros deseos se apagan. Es probable que con el tiempo, Wacquant, sus lectores o aquel que quiera contestar esta crítica, encuentren la forma de desplazar a Entre las cuerdas hacia una postura más objetivista, sin embargo, hasta que ese momento llegue, la reflexividad practicada por ellos siempre será a lo mucho cuasiobjetivista o, más exactamente, pseudo-objetivista. Esto me conlleva a sospechar que la reflexividad objetivista practicada y defendida hidalgamente por Bourdieu estaría, si no lo está ya, próxima a su extinción.

La escritura y el conocimiento. Vaivenes

Luego de todo lo acontecido en estas líneas pocos aspectos van quedando en este análisis, no obstante, uno de los que no podemos dejar de lado es el asunto de la escritura etnográfica. A pesar que Wacquant suscribe su pertenencia a una tradición sociológica cuyo centro es Bourdieu, en Entre las cuerdas la escritura, suponemos ya no solamente etnográfica, ha reclamado su lugar central.

Para cualquiera que pudiera pensar que la cuestión del significado y la hermenéutica es importante en entradas como esta, Wacquant declara que “la creación de significados no es un asunto mental sujeto a una lectura intelectualista, tal como la tradición hermenéutica, atrapada en la metáfora bíblica de la acción social como texto, nos hubiese hecho creer” (Wacquant 2008b: 32). No obstante, lo barroco no tiene que ver con hermenéutica sino con el estilo o la redacción. Observemos lo extremo que se torna el asunto en Entre las cuerdas, que no solo despliega versos en torno a los esquemas cognitivos, o como se les quiera llamar, sino que se debate entre discusiones teológicas casi similares a los de cualquier antropólogo de la religión, por lo menos, oscurantista.

Wacquant define al gym como un “santuario” (Wacquant 2006: 30), un “templo del culto pugilístico” (Wacquant 2006: 44) caracterizado por su “sociabilidad protegida” (Wacquant 2006: 42), denomina a los pósters de boxeadores famosos como “iconografía profana” (Wacquant 2006: 48), se habla de una “”cadena del Ser” pugilístico” (Wacquant 2006; 48), que “Las conversaciones en el club están muy ritualizadas” (Wacquant 2006: 50), que la práctica del box genera un estado de ““efervescencia colectiva” que recuerda en todo a la excitación frenética de las grandes celebraciones totémicas aborígenes” (Wacquant 2006: 111) que construye escenarios cual “psicoanálisis” (Wacquant 2006: 136), rotula al box como un tipo de “sacrificio” (Wacquant 2006: 139) (Ver también Keucheyan 2003) que consiste en “entregarse a su oficio en cuerpo y alma, religiossime” (Wacquant 2006: 140), por último, habla de tres “mandamientos” que componen “la santísima trinidad de la fe pugilística” (Wacquant 2006: 140)[24].

Es muy probable que cierta antropología, testigo directo de la violencia colonial ejercida hacia pueblos originarios, haya de pronto decidido tornar su escritura algo menos exótica para así reconocer la objetividad de ciertos fenómenos culturales como si se tratase de una contraprestación favorable; excepto claro si eres un perspectivista (Morales 2014b) (Reynoso 2014). Sin embargo, esto no ocurre con cierto tipo de sociología actual. Dado que esta disciplina al inicio de su historia estuvo orientada a las sociedades occidentales, cualquier grado de esoterismo, desconocido en sus inicios, actualmente será bienvenido cual artefacto novedoso y profundo. Los sociólogos de ahora no tienen ese cargo de consciencia, no temen mistificar su temática, menos aun si va de la mano con alguna referencia a algún clásico como Levy-Bruhl, Frazer, Malinowski, Bateson o, para nuestro caso, Durkheim, Simmel, Mauss hasta Wittgenstein, autores que si bien no “místicos” se les hace lucir como tales dejando de lado su obvia distancia epistémica, disciplinar y contextual, los cuales se dejan ver apenas en una línea de texto y luego desaparecen. No es casual que en la actualidad cierta sociología pobre encuentre en los estudios culturales, estudios subalternos y ciertos tipos de  postestructuralismo y posmodernismo las mitades que a su “discurso” le faltaba.

A este respecto, Wacquant nos diría que su estilo particular de escritura se debe a que busca “producir textos distintos de los informes lineales, nomológicos y monocordes típicamente producidos por investigadores de campo” (Wacquant; 20018b: 33-34) o con “un estilo en ruptura con la escritura de monólogo, monocromática, lineal, de un informe clásico” (Wacquant 2008a; 134) (Wacquant 2010: 121) pues buscaba “comunicar el molde visceral de acción social” (Wacquant 2008b: 34) y porque a pesar que en Entre las cuerdas buscaba “sacarle lo exótico al boxeo” (Wacquant 2008b: 34), reconocerá al final que se trató de una  “novela sociológica” (Wacquant 2008a: 135) o que “j’ai dû adopter un mode d’écriture quasi théâtral“ (Wacquant 2010: 121), que finalmente daba señales de “notre manière d’écrire la science sociale“ (Wacquant 2010: 121). Obsérvese si lo anterior es o no un intento de exotizar abiertamente praxis concretas correspondientes con las pasiones actuales de cierto tipo de sociología camuflada bajo la nóminas de “sociología de caso” o “sociología cultural” tristemente reducidas a copy/paste conceptuales.

No obstante, el problema radica en que Entre las cuerdas no es simplemente una etnografía como se sigue afirmando, a pesar de las trasgresiones teoréticas del propio autor, pues lo oscuro radica cuando se quiere hacer pasar como etnografía una serie de afirmaciones metodológicas para así investirla de escritura etnográfica en vez de someterla a los criterios y normas de la redacción científica.

Por este mismo motivo, aunque sin haberlo clarificado, hubo una serie de críticas que van desde aquel que afirma que se buscó una “construcción discursiva de la mística del boxeo” (Moreno 2001: 193), un intento que “mistifica el aislamiento del gimnasio para lograr un efecto ambiente” (Hoffman y Fine citado en Wacquant 2008b: 26), una referencia etnográfica cuyo fin era la “production d’un effet de réalité“ (Quidu 2009: 51), un “discurso sin teoría” (Roldán 2012: 151), un “discurso sin sujeto que desactiva sus condiciones empíricas de producción” (Roldán 2012: 151) o que finalmente se trató de una “novela” (Urraco 2013: 212). La defensa realizada por Wacquant a este tipo de críticas advierte que su escritura tuvo un fin:

En vez de reprimir o minimizar su dimensión literaria, luché para integrarla al andamiaje científico del libro con la esperanza de que iba a funcionar tanto como una pieza de etnología delineada como un ejercicio dentro de la sociología analítica… (Wacquant 2008b: 35)

Enfatícese “andamiaje científico” y “sociología analítica”. Por otra parte, también se lee que:

[…] la preocupación por la textualidad y las figuras retóricas no necesitan suponer un deslizamiento hacia una maraña epistemológica de infinitos y múltiples “puntos de vista” y una caída libre hacia la subjetividad. Puede estar unido con un compromiso al racionalismo y a la objetividad científica (propiamente historizada), así como con una teoría social orientada empíricamente. (Wacquant 2008b: 36-37)

Dicho de otro modo:

[…] una preocupación por la autoridad y la composición retórica no necesita implicar un abandono del rigor conceptual y de la veracidad científica –en resumen, esos “géneros borrosos” de la escritura pueden servir a las metas de una ciencia social pos-positivista… (Wacquant 2008b: 35)

Más allá de ese “pos-positivismo” que me hace recordar a los planteos posmodernos más exageradamente falsos y mentirosos sobre el desarrollo de la ciencia en general (De Sousa 2006 y 2009) (Castro-Gómez 2001) (De Barbieri 1998) y a pesar de las defensas a su estilo, no es difícil notar que su retórica es orgánicamente innecesaria al punto que podemos cuestionar el por qué de su uso; sino veamos lo que nos dice el discípulo de Bourdieu en este ejemplo que es representativo de la escritura ya acostumbrada de Entre la cuerdas: “La eternidad es, desgraciadamente, una ficción social porque son agentes sociales encarnados y seres mortales, destinados, irrevocablemente a lo finito y a la muerte” (Wacquant 2008b: 38). Si no quedó claro, no se preocupe, el asunto de todo esto es “¿Cómo pasar de las tripas al intelecto, de la comprensión de la carne al saber del texto?” (Wacquant 2008a: 134).

Tanto hablar de “cuerpos de carne, portadores de historia y vectores de conocimiento visceral” (Wacquant 2012: 157) a uno le genera la sospecha que tantas personas no pueden estar equivocadas al mismo tiempo en torno a la reflexividad, al cuerpo como herramienta, la escritura o la sociología carnal; no obstante, es una sospecha a considerar. Más allá de que “Escribir Entre las cuerdas ha significado construir un ataúd textual dentro del cual inhumar para siempre el ser de carne y hueso que condujo el experimento social y sociológico sobre el cual informa” (Wacquant 2008b: 38), su objetivo era construir una  “sociología desde el cuerpo” (Wacquant 2008b: 12). No obstante, como todo proyecto tuvo errores, vacíos e imprecisiones que no está exentos de críticas de todo calibre y el principal de ellos podría ser el pensar inocentemente que la escritura está directamente relacionada con el conocimiento, dígase científico, pues a pesar de cualquier retórica antropológica de inspiración derridiana puesta al servicio de esta afirmación, la escritura jamás tendrá una relación directa con el conocimiento mucho menos si es científico; es decir, que la escritura no determina la prueba, la cientificidad o la epistemología de una investigación. Enfocarse en la cuestión de la escritura, o mejor aún, mentir afirmando que solo se ha realizado una etnografía, contiene como objetivo escapar de cualquier tipo de normativa por más mínima que sea.

Lo que podría llamarse como una epistemología del cuerpo conlleva o favorece en primera instancia que “la teoría y el método están juntos al punto de fusionar en el objeto empírico mismo que permiten elaborar” (Wacquant 2008a: 133) y ello en referencia a una  “epistemología concreta” (Wacquant 2008a: 134) (Wacquant 2010: 121). Estas formulaciones permitirían “volver consciente teóricamente ese mundo reflejado por la teoría” (Farfán 2005: 178), es decir, “reconocer que la teoría interviene en lo real social, modificándolo” (Farfán 2005; 179) y que a través de esta consideración se “ofrecen lúcidas y clarificantes reflexiones metodológicas y epistemológicas sobre […] experiencias concretas” (Roldán y Mauro 2008: 7) para así reconocer que Entre las cuerdas muestra “un trabajo de autoanálisis” (Farfán 2005: 182) o, mediante algún tono futurístico y bienaventurado, señalar que “Conocer con el cuerpo es una fórmula teórico-metodológica, un camino cuyos resultados comienzan a emerger. No es filosofía, es una experiencia objetivable y representable, cuyos resultados, con el tiempo, nos mostrarán sus alcances, sus límites y sus potencias” (Roldán y Mauro 2008: 7). Expuesto así, este proyecto promete, y a pesar que se aclara que no se trata de cuestiones filosóficas, el formato humanístico de esa vertiente denota absolutamente lo contrario.

Curiosamente, tales aspiraciones, deseos o logros de la sociología carnal van, por lo general, antecedidos de premisas tales como que “Quizá la “ciencia objetiva” fuese útil para comprender-explicar otras cosas, pero no sus existencias que para el observador distanciado (extraviado-aislado) siempre son “mínimas”” (Roldán y Mauro 2008: 9). Según lo anterior, la sociología carnal parece representar una especie de sofisticación de avanzada respecto la ciencia pre-existente o, como lo dijo el mismo Wacquant, se trataría de una alternativa pos-positivista (Wacquant 2008b). Sin embargo, existen una serie de críticas que van en un tenor similar con las aquí vertidas; se tildó el proyecto de sociología carnal en Entre las cuerdascomo una especie de “empirismo radical” (Roldán 2012: 151); a lo cual Wacquant podría responder:

Si “(mi) etnografía flota en una especie de éter sin tiempo”, como señala Stoller (2005, p. 199), es porque el gimnasio tiende a aflojar las cuerdas con los eventos externos, arranca a sus miembros de sus amarras temporales externas y los empuja a la relativa eternidad del intercambio pugilístico, con sus vómitos compulsivos y su consumo constante de su propia historia lenta. (Wacquant 2008b: 37-38)

Más allá de lo que el exótico párrafo signifique, empieza a parecer una constante que las premisas epistemológicas de la sociología carnal o derivados necesitasen como requisito fundamental, mediante utillaje filosófico, catalogar la ciencia precedente como inútil, limitada, ciega, moderna, naturalizante, objetivista o, el epíteto más usado por los posmodernos, positivista. Premisas, claro, que son o bien terriblemente inexactas o bien grandiosamente falsas.

Líneas de autocrítica

Una vez llegado a este nivel, es momento de reconsiderar algunos puntos que podrían ser objeto de revisión, de paso que reactivamos la tristemente alicaída pero siempre hidalga práctica de la autocrítica.

En primera instancia, nadie negará la fundamental formación etnológica que luce Bourdieu visible en principios metodológicos tales como la lógica de la práctica o la reflexividad, lo que podría invalidar la suposición de que existen diversos tipos de reflexividad, el cual podría derivar en un ejercicio maniqueo de multiplicación insensata, ya que ambos tienen un mismo origen disciplinar: una válida problemática sobre la relación sujeto-objeto/sujeto. No obstante, lo que aquí se cuestiona no es cómo surge este fenómeno sino cómo, bajo la égida de un pensamiento reflexivo que inclusive parte de una misma matriz epistemológica, se logre edificar perspectivas metodológicas realmente diversas validadas por una cantidad impresionante de variables, no necesariamente contradictorias entre sí pero totalmente carentes de correspondencia interteórica (Bunge 1975).

Es probable que, a pesar de las advertencias iniciales, se piense que este artículo somete a través de sus líneas a un análisis demasiado antojadizo y exagerado algo que califica como una simple etnografía. Más allá de que en todas las intervenciones Wacquant y sus lectores se refieran a Entre las cuerdas como una aproximación etnográfica es bastante claro que no se trata simplemente de eso. El posible señalamiento de esquemas cognitivos, habitus pugilísticos, configuraciones corporales, relaciones complejas entre individuos, estructuras y procesos de sociabilidad, etc., mencionados reiteradamente en Entre las cuerdas, así sea por gusto, rebasan por completo el intento de caricia etnográfica. El problema está en cuando tales elementos de un claro carácter teorético no suelen ser explicitados como debiera ser, inclusive si no se trata de una postura finalizada, sino que bajo los pretextos del cuerpo, la reflexividad y la etnografía, se expone un lenguaje reiterativo exótico mezclado con marcos metodológicos lerdos que de seguro tendrán entre sus seguidores a aquellos que busquen más un estilo entrañable de conocer que la prueba y fundamentación que toda prospección científica debiera.

Podría decirse a este respecto, que el mismo Wacquant reconoce que no se trata solamente de una etnografía sino que esta va sumada a un cierto tipo de análisis socioantropológico; no obstante, por más que se rebusque, mi crítica quedaría intacta. Wacquant no solo hace una referencia teorética a principios metodológicos que superan la sola etnografía sino que también esta trasciende hacia terrenos de las ciencias naturales, entradas estructurales, formalismos, posturas cognitivistas, antropologías totales, investigaciones ya hechas en neurociencia, enfoques sobre estudios religiosos, teoría sociológica clásica, habitusantiestadísticos, modelización matemática, etc. Entre las cuerdas no se trató de una etnografía mediada por una especie limitada y escurridiza de análisis socioantropológico, sino de una atrevida intentona de exploración científica carente de claridad, pasos, cuidado y límites. Quizá aquí entendamos un poco este extraño motivo por el cual Entre las cuerdas fue escrito, según su autor, bajo un estilo cuyo fin era alejarse de cierto tipo de escritura monocromática peligrosamente identificable con cierto positivismo fantasmal nunca explicitado del todo pero siempre útil para marcar distancia. Lamentablemente también se marcó distancia de cualquier aproximación cabal por más sencilla que fuere.

Distinta sería la historia si las exploraciones de la reflexividad y del cuerpo como herramienta hubieren sido diseñadas mediante una base epistemológica cuya cientificidad hubiera sido al menos discutida y no trastocada. Por cierto, y para que se evite conexiones innecesarias e inexistentes, nadie ha probado de forma concreta que una aproximación reflexiva o corporal sea incompatible con una lógica científica sea de la vertiente que sea. Pensar reflexivamente con el cuerpo no implica rechazar automáticamente cualquier aproximación científica; no son contradictorios ni opuestos. Ambas son posibles más allá de que la moda indique que para usar el cuerpo a veces es necesario cierto encono con la ciencia aun si sus autores desconozcan abiertamente la razón y entremezclen la nada con el todo. Por más que se diga que la sociología carnal no guarda relación alguna con posturas posmodernas (Wacquant 2008a, 2008b, 2010) (Keucheyan 2003) o postestructuralistas (Roldán y Mauro 2008) no podemos tapar el sol con un dedo. El anhelo de ser corporalmente reflexivos sin ser posmodernos ni nada parecido se observa un tanto lejano pues parece que el tímido rechazo a cierto tipo de ciencia es la herencia postestructuralista más oculta, silente y, al mismo tiempo, escandalosa de la reflexividad y del cuerpo como método; herencia sin la cual aparentemente dichos principios no pueden existir. De ser cierto esto, la reflexividad pseudo-objetivista y el cuerpo como herramienta serían formulaciones epistemológicamente imposibles, que es, más o menos, lo que quise demostrar desde Entre las cuerdas.

Por otro lado, confiamos en que el lector considere como válido que sospechar de la existencia de distintos tipos de reflexividad o, al menos un desacuerdo de su definición entre sus principales representantes, constituye una problemática válida; sobre todo en un contexto epistemológico donde cualquier científico social se ve obligado por el paradigma a repensar sus herramientas inclusive si tal acto implica abandonarlas. Es desde un producto final y ciertamente representativo como Entre las cuerdas desde donde es posible cuestionar si la reflexividad es lo que efectivamente dice ser. Sea lo que digan Wacquant o el mismo Bourdieu, quienes no están exentos de imprecisiones, lo más divertido será, sin duda alguna, ver hacia quién nos alineamos cuando de ahora en adelante hablemos de reflexividad ¿ciencias sociales matemáticas o ciencias sociales literarias? El dualismo epistemológico strikes back en su forma más actualizada y asolapada.

Una conclusión ciertamente reflexiva... Y temerosa

A modo de conclusión, trayendo al perspectivismo que dejamos atrás y considerando las diferencias de magnitud entre uno y otro, vale decir, que las inexactitudes de sendas corrientes guardan íntima relación con su configuración desde sus posturas base. La sociología carnal tendría mucho en común con el proyecto perspectivista de El Anti-Narciso (Viveiros, 2010): ambos se enfocan cuasisemióticamente en la noción de cuerpo, despliegan una amplísima retórica por momentos oscura que no teme exotizar al discurso, existe poca fundamentación empírica, tecnicismos cientificistas claramente aparentes y disfuncionales, una asolapada deuda al postestructuralismo y una interpretación desconcertante del fenómeno estructural; o lo que es más categórico: el vínculo Bourdieu-Wacquant es temerario en su similitud al vínculo Lévi-Strauss-Viveiros de Castro.

En un inicio el discípulo aprende del maestro, lo deifica. Este responde con estima y lo anuncia su sucesor, el cual erige su postura usando como cimiento lo ya construido por el maestro. Posteriormente, mientras la vida del maestro se aproxima a su digno y caballeresco final, el discípulo invierte todo lo construido y empieza así a aflorar sus propios proyectos bajo su interpretación personal de lo que alguna vez fue el gran Paradigma. Mientras Lévi-Strauss estaba en lo más alto de la antropología mundial, Viveiros era su sucesor latinoamericano que releía constantemente las Mitológicas y discutían al unísono sobre mitemas, dualidades, la fenomenología de Merleau-Ponty y la necesidad de reconstruir la alicaída antropología (Viveiros 1998). Mientras Bourdieu estaba en lo más alto de la sociología europea, Wacquant escribía sobre cárceles, ghettos y ciudades periféricas, discutían al unísono sobre la objetivación, el socioanálisis y los campos (Bourdieu y Wacquant 1995). El Anti-Narciso, cuyas formulaciones empiezan en el 2009, arrastró el momentumde la crisis estructuralista y elevó a la potencia a los mitemas, los alineó junto a los rizomas mientras se configuraba un anti-estructuralismo perspectivista (Morales 2014b). Lévi-Strauss fallece ese mismo año. La sociología carnal, cuyos esbozos arrancan en el 2000, lleva al extremo las nociones de cuerpo y reflexividad mientras se olvida de la estadística y la objetivación. Bourdieu fallece dos años después. Ambos se olvidan de la estructura. El perspectivismo amerindio se consolidó después del fallecimiento de Lévi-Strauss. Mientras tanto, el proyecto de sociología carnal va cobrando cuerpo después del fallecimiento de Bourdieu (Wacquant 2014a y 2014b). La profecía está hecha.

Finalmente, suponiendo que Wacquant como buen discípulo busque asemejarse en lo posible a su fuente de inspiración, no está impedido de crear su propio camino o de superarlo, lo cual aparentemente implica trastocar completamente el legado del maestro. Es muy probable que el ejercicio de creación teórica implica también una destrucción previa, sobre la cual, los pedazos derruidos sirven como cimiento para lo que vendrá después así tales posturas no guarden relación epistemológica alguna por más fundamental que sea la simbiosis. El vínculo maestro-discípulo no necesariamente es la relación más honesta de todas, dicho sea de paso, como toda relación, esta no solo ocurre entre personas, ya que decir de un legendario sociólogo francés sucede también entre campos, estructuras, poder y capital.

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WACQUANT, Loïc. “For a sociology of flesh and blood”, En: Frank Adloff, Katharina Gerund y David Kaldewey (Eds.) Revealing tacit knowledge: Embodiment and explication. Berlin: Transcript Verlag. 2014b.




[2] Wacquant utilizaría de forma continua apelaciones metafóricas al concepto de sistema. Dícese: “sistema social y simbólico” (Wacquant 2006: 26), “sistema local” (Wacquant 2006: 32), “sistema” (Wacquant 2006: 44), “sistema solidario de creencias y prácticas” (Wacquant 2006: 98), “sistema indivisible de relaciones materiales y simbólicas” (Wacquant 2006: 119), y así.
[3] Dícese: “complejas relaciones” (Wacquant 2006: 24), “institución compleja” (Wacquant 2006: 29), “complejo de actividades” (Wacquant 2006: 31), “extraordinariamente compleja” (Wacquant 2006: 32), “estructura compleja” (Wacquant 2006: 50), “complejo coherente” (Wacquant 2006: 75), “relaciones complejas” (Wacquant 2006: 106) y así.
[4] Si alguien se sintió identificado con mi testimonio de vida es porque de seguro lleva las mismas materias que yo.
[5] Margaret Masterman detectó aproximadamente 21 definiciones. Wacquant no estaría tan lejos de tal récord.
[6] Wacquant utiliza reiteradamente el concepto de “esquema”. Dícese: “esquemas cognitivos” (Wacquant 2006:16), “esquemas mentales” (Wacquant 2006: 32), “esquemas inmanentes a la práctica” (Wacquant 2006: 67), “esquema de base” (Wacquant 2006: 68), “esquema corporal” (Wacquant 2006: 75 y 95), “esquema práctico en el esquema corporal” (Wacquant 2006: 102), y así.
[7] Dícese: “dimensión carnal de la existencia” (Wacquant 2006; 15), “fraternidad carnal” (Wacquant 2006: 74), “experimentación carnal permanente” (Wacquant 2006: 75), “placer carnal del boxear” (Wacquant 2008: 75), “sensación carnal de mi integridad corporal” (Wacquant 2006: 78), “existencia carnal” (Wacquant 2006: 140), y así.
[8] Wacquant empezaría admitiendo que el gym construye una “subcultura masculina” (Wacquant 2006: 49), un “ethos masculino” (Wacquant 2006 : 63), un “proceso de masculinización” (Wacquant 2008b: 29), o posteriormente que “La bataille pugilistique est, sous un certain angle, une forme hyperbolique des «rites» de masculinisation“ (Wacquant en Keucheyan 2003: 20), que “Le monde pugilistique fait appel à un mécanisme de ce type pour produire une masculinité purifiée et magnifiée“ (Wacquant en Keucheyan 2003: 20), o inclusive que “Les boxeurs vivent dans un monde dont l’organisation temporelle et sociale se divise en une phase homosexuelle et une phase hétérosexuelle“ (Wacquant en Keucheyan 2003: 20). Es decir, existe una lectura de género en Entre las cuerdas; idea que uno puede encontrar replicada en estudios hacia los cuales este libro es una referencia inmediata donde se enfatiza que el box “necesita subrayar y naturalizar la diferencia entre hombres y mujeres como incapacidad para el desempeño de la disciplina, lo cual se traduce en un postulado de supremacía masculina” (Moreno 2001: 193).
[16] De hecho la sociología carnal y el perspectivismo amerindio guardan similitudes sobre las que volveré en la conclusión de este texto.
[17]  Palabras que, en algunos casos, Wacquant extrae del libro de Joyce Carol Oates, On Boxing. Nueva York, ECCO/Harper Collins, 2002.
[18]Teniendo en cuenta que lógica, sentido, práctica y proceso no son ni significan lo mismo.
[19] Véase (Bourdieu y Passeron 2009) (Bourdieu 2002d y 2010).
[20] En un caso de flagrante misterio, este párrafo de la entrevista señalado en nuestra bibliografía (Wacquant; 2008a) fue extrañamente excluido de su versión en español por algún editor poco reflexivo. Toca agradecer a Denis Baranger, experto en la temática, quien tuvo la gentileza de exponer este tesoro perdido en su página web. Disponible en: http://denisbaranger.blogspot.com/2011_02_01_archive.html
[21] Las veces que Wacquant utiliza el concepto de “estructura” son también variadas. Dícese:”estructura y funcionamiento concretos del gueto negro” (Wacquant 2006: 18), “estructura de relaciones de explotación” (Wacquant 2006: 27), “estructura y el funcionamiento de la organización” (Wacquant 2006: 29), “estructura de las oportunidades” (Wacquant 2006: 32), “estructura social” (Wacquant 2006: 43), “estructura compleja y sutilmente jerarquizada” (Wacquant 2006: 50), “la estructura y la amplitud del campo visual” (Wacquant 2006: 88), “estructura el espacio” (Wacquant 2006: 112), y así.
[22] Lo cual es curioso dado que Wacquant plantearía el asunto al revés: “este libro ofrece una primera impresión donde predomina lo narrativo (como preludio y trampolín a una segunda obra explícitamente teórica)” (Wacquant 2006: 16).
[23] Quedará como anécdota el caso de Margaret Archer, teórica de la morfogénesis, cuya referencia a la reflexividad sociológica se sustrae únicamente a la entrevista de Wacquant realizada a Bourdieu: “Towards a reflexive sociology: A workshop with Pierre Bourdieu”, Sociological theory, 1989, Vol.7, n.1. pp.26-63. De Entre las cuerdas nada se dice.
[24] Las críticas expuestas no deben dar a entender que me opongo radicalmente a cualquier intento de una ciencia de la religión, no obstante, para el caso de Entre las cuerdas, cuyo objetivo es comprender la práctica del box, no creo conveniente en absoluto justificaciones religiosas que más que explicaciones parecen escapatorias ridículas funcionalmente comerciales. 

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