La democracia según Guillermo O’Donnell: Una revisión crítica / Luis Meléndez

17:43:00


Tal vez en la academia politológica no exista concepto más problemático que el de democracia. Varios autores, de diversas líneas teóricas y políticas, han tratado de abordarla de la mejor manera posible. El argentino Guillermo O’Donnell (1936-2011), es uno de ellos.

A pesar de los rescatables esfuerzos del autor, en el desarrollo y argumentación de su concepto de democracia deja sin precisar términos y aspectos bastante problemáticos. Estas imprecisiones dificultan la operacionalización, no solo del concepto matriz de democracia, sino también de derivados suyos como el de democracia delegativa. Dar cuenta de lo que O’Donnell entiende por democracia, así como de algunas de sus limitaciones metodológicas, es el cometido de este breve ensayo.

Precisando el concepto

Partiendo de la conceptualización general de la democracia como régimen político, O’Donnell recurre a la definición de poliarquía elaborada por Robert Dahl. Como recuerda O’Donnell (2010b), Dahl señala que la poliarquía –lo que para el autor es lo mismo que democracia política o régimen democrático–, supone la existencia de siete instituciones:

1. Funcionarios electos.
2. Elecciones libres e imparciales.
3. Sufragio inclusivo.
4. Derecho a ocupar cargos públicos.
5. Libertad de expresión.
6. Variedad de fuentes de información.
7. Autonomía asociativa (Dahl, 1991).

Sin embargo, el empleo que hace O’Donnell de esta particular definición del régimen democrático no está libre de polémica. Para comenzar, O’Donnell critica a Dahl por no precisar si los atributos que brinda a la poliarquía son necesarios y suficientes en su conjunto, o solo bastan algunos rasgos por separado. Y lo más importante, a partir de la experiencia latinoamericana, también argumenta la insuficiencia de los criterios apuntados por Dahl, por lo que añade cuatro rasgos más a su concepción de régimen democrático. Estos atributos agregados son: 1) los que “ocupan las posiciones más altas en el gobierno no deben sufrir la terminación de sus mandatos antes de los plazos legalmente establecidos”; 2) “que las autoridades electas no deben estar sujetas a restricciones severas o vetos, ni ser excluidas de ciertos ámbitos de decisión política por actores no electos” (como las fuerzas armadas); además, 3) “debe existir un territorio indisputado que defina claramente el demos votante”; y, finalmente, 4) debe darse “la expectativa generalizada de que el proceso electoral y las libertades contextuales se mantendrán en un futuro indefinido” (O’Donnell, 1996:7-8).

¿Precisando el concepto?

A esto se debe sumar algunos ajustes adicionales que O’Donnell hace al concepto de poliarquía de Dahl. Una de las ventajas que el autor asigna a esta definición es que pone en primer plano los elementos más importantes que definirían a un régimen democrático. Uno de estos elementos son las elecciones.

Para O’Donnell, la principal cualidad de las elecciones es que deben ser limpias. En Democracia, agencia y Estado, O’Donnell precisa que por “elecciones limpias” hace referencia a las elecciones que son “razonablemente competitivas, libres, igualitarias, decisivas e inclusivas”; añadiendo que también deben ser institucionalizadas (2010b: 30-32). Es suficiente revisar el cuadro Nº 1 para entender el significado que posee cada uno de estos calificativos. Lo importante en este punto es entender las implicancias que tiene el término “razonablemente”, que siempre acompaña a la definición de “elecciones limpias”, tal como figura en la cita anterior.

                                         Cuadro Nº 1
            Los atributos de las elecciones según O’Donnell
Atributo
Cuando…
1. Competitiva
Los votantes tienen por lo menos seis opciones.
2. Libre
Los ciudadanos no sufren coacción al votar.
3. Igualitaria
Los votos deben ser igualmente computados y  sin fraude.
4. Decisiva
Los funcionarios electos pueden asumir sus cargos, tomar decisiones vinculantes y concluir su mandato.
5. Inclusiva
Todos los ciudadanos tiene el derecho a votar y a ser elegidos.
6. Institucionalizada
Las elecciones son el "único juego existente".
Fuente: O’Donnell (2010b). Elaboración propia.

Mediante esta terminología (razonablemente), O’Donnell proporcionaría una aureola de realismo a su definición de democracia, ya que le permitiría admitir que “en ningún país se cumplen las condiciones para la realización de elecciones completamentelimpias” (2010b: 33; subrayado propio). Solo habría que apuntar a lo “razonable”. Esta precisión es sustancial ya que además le ayuda a visualizar la conexión entre el régimen político y las condiciones socio-económicas que le sirven de contexto, pues como dice O’Donnell, es “la desigualdad social y las consiguientes desigualdades en el acceso a los recursos económicos y a medios de comunicación” las que generan la imposibilidadde unas elecciones totalmente limpias (2010b: 33).

Este realismo puede ser considerado una ventaja en O’Donnell; sin embargo, también podría ser –para utilizar una analogía que el autor emplea para evaluar la definición de democracia de Joseph Schumpeter– su propia Caja de Pandora. Este término (“razonablemente”) puede traer consigo consecuencias metodológicas funestas a la hora de operacionalizar el concepto de democracia, ya que erosiona los criterios para definir lo que es y lo que no es una elección limpia. Sino solo pregúntense: ¿hasta qué grado el incumplimiento de una condición escapa de la dimensión de lo “razonable” y hasta qué grado no?, ¿hasta qué grado una elección es “razonablemente” limpia, o “razonablemente” libre, y hasta qué grado es todo lo contrario? La línea demarcatoria no está nada clara en la propuesta de O’Donnell.

Situación similar ocurre cuando trabaja el otro componente clave del régimen democrático: las libertades y derechos políticos. O’Donnell comienza mencionando que las libertades políticas anotadas por Dahl –como libertad de expresión, asociación y acceso a información– no son suficientes para garantizar que las elecciones sean limpias. A lo más, según O’Donnell, las libertades anotadas por Dahl pueden plantear escenarios probabilísticos para que sucedan elecciones limpias; pero jamás la garantizarían per se. El politólogo argentino argumenta que no existen “límites externos” claros para demarcar, a priori, el conjunto de libertades que aseguren este propósito, por lo que considera este asunto como “indecidible”:
         
“[…] no puede haber propiamente una teoría que establezca a priori una clara y sólida línea demarcatoria entre las condiciones incluidas (necesarias e idealmente en conjunto suficientes), por un lado, y las excluidas, por el otro lado; estas cuestiones son en este sentido indecidibles. Este es uno de los motivos por el que no existe, y no creo que alguna vez exista, un acuerdo a priori y/o general acerca de cuáles serían esas libertades políticas ni cuál debería su alcance.” (O’Donnell, 2010b:34).

A esto añade los “límites internos” que presentan las libertades políticas. Por límites internos se refiere a una “cláusula de razonabilidad” que supone, por ejemplo, que la libertad de asociación “no incluye crear organizaciones con fines terroristas; la libertad de expresión está limitada, entre otras cosas, por la legislación sobre calumnias e injurias; la libertad de información no impide que la propiedad de los medios de comunicación esté oligopolizada, etc.” (O’Donnell, 2010b: 35). Entonces, O’Donnell nuevamente se pregunta sobre la manera de determinar las libertades efectivas que supongan unas elecciones limpias; es ahí que da como respuesta que si bien la inclusión de algunas libertades son evidentes debido a su relevancia para dicho fin, hay otras que se encuentran en una “zona gris que dificulta su reconocimiento y agregación. Debido a esto, argumenta que la solución depende –otra vez– de criterios inductivos, pero “ahora sobre el grado en que la débil o parcial efectividad de ciertas libertades sustenta, o no, la probabilidad de que haya elecciones limpias” (O’Donnell, 2010b: 35). Es decir, también estamos hablando de cuestiones indecidibles.

Esta dificultad para precisar las libertades políticas que aseguren unas elecciones limpias, es vista por O’Donnell como una “gran virtud” del régimen democrático, ya que reflejaría su “carácter permanentemente abierto” a una discusión política (2010b: 37). Puede que O’Donnell tenga razón en esto último. Sin embargo, es evidente que esta “indecibilidad acarrea, nuevamente, negativas consecuencias metodológicas que se evidencian a la hora de intentar aterrizar al plano empírico el concepto de democracia. Pues, primero, el autor no proporciona los criterios para delimitar el grado en que el cumplimiento (o incumplimiento) de una libertad política hace probable (o improbable) la existencia de una elección limpia. Esto origina que dicha decisión quede prácticamente el arbitrio de cada investigador; y, lo que es peor, que esto pueda redundar en el establecimiento de una innumerable lista de libertades que en realidad pueden no ser tan determinantes. Segundo, el establecimiento de dichas libertades políticas según cada caso, puede poner en riesgo las posibilidades de una adecuada comparación, ya que podríamos caer en el error de comparar fenómenos que son medidos con criterios e indicadores completamente distintos.

A modo de conclusión

Para concluir quisiera evidenciar el significado que el concepto de democracia (y de democracia delegativa[1]) tiene como parte de las estrategias metodológicas empleadas por O’Donnell. Collier y Levitsky (1998) señalan tres estrategias metodológicas utilizadas por distintos autores al momento de precisar sus conceptos de democracia: 1) precisión de la definición de democracia, 2) cambio del concepto abarcante, y 3) construcción de subtipos disminuidos. Estas 3 estrategias son desarrolladas por O’Donnell.

Como se ha anotado, O’Donnell hace denodados esfuerzos para precisar el concepto de democracia planteado por Dahl (estrategia 1). En principio esta innovación le permite añadir nuevos criterios al concepto inicial de poliarquía, ocasionando –a pesar de las limitaciones que se han señalado– una mayor diferenciación conceptual entre democracia y no-democracia, así como evitar el estiramiento conceptual. Por otra parte, también realiza un cambio del concepto abarcante (estrategia 2), que los mismos Collier y Levitsky reconocen. Esto se evidencia cuando O’Donnell diferencia el régimen democrático del Estado democrático; ello le faculta “realizar una descripción más diferenciada de lo que se considera un ejemplo incompleto de democracia, estableciendo un criterio más bajo de democracia y afirmando que ese tipo de países cumplen sólo el criterio más bajo” (Collier y Levitsky 1998: 155). Por ejemplo, como señalan ambos autores, O’Donnell reconoce a Brasil como un “régimen democrático”, aunque afirma que este mismo país no posee un “Estado democrático”.

Y finalmente, como tercera estrategia, propone la democracia delegativa como subtipo disminuido de régimen democrático. De partida, este recurso metodológico le permite desarrollar “una proposición más modesta sobre el alcance de la democratización” y lo hace “menos vulnerable al estiramiento conceptual” (Collier y Levitsky 1998: 145). Además, al detallar la presencia y ausencia de los atributos definitorios de la democracia, incrementaría la diferenciación con otros subtipos disminuidos de democracia y autoritarismo.

Sin embargo, las imprecisiones presentes en la definición de democracia de O’Donnell –como los surgidos por el término “razonablemente” y por el problema de la indecibilidad– ocasionan que el tratamiento metodológico de las democracias y de las democracias delegativas experimenté más de una dificultad. Este es un problema que O’Donnell no enfrentó por completo, ya que son pocos sus intentos (O’Donnell, 2004) por operacionalizar, mediante un conjunto de indicadores, las dimensiones que asigna a la democracia. Producto de esta imprecisión tal vez sean las dudas constantes que expresa el autor al momento de clasificar a los distintos países latinoamericanos como poliarquías o democracias delegativas. Los términos “probablemente” y “es un caso dudoso” acompañan por inercia este intento de clasificación (ver por ejemplo O’Donnell, 1996:8).


Bibliografía

Dahl, Robert (2002). La poliarquía. Participación y oposición. Madrid: Tecnos.
Collier, David y Steven Levitsky (1998). “Democracia con adjetivos. Innovación conceptual en la investigación comparativa”. En: Revista La Política, Nº 4, Buenos Aires, pp. 137-160.
O’Donnell, Guillermo (1993). “Acerca del Estado, la democratización y algunos problemas conceptuales. Una perspectiva latinoamericana con referencias a países comunistas”. Disponible en: http://www.catedras.fsoc.uba.ar/deluca/odonnell.pdf (visitado el 28 de febrero de 2013).
O’Donnell, Guillermo (1996). “Otra institucionalización”. En: Revista La Política, Nº 2, Buenos Aires, pp. 5-27.
O’Donnell, Guillermo (1997a). Contrapuntos. Ensayos escogidos sobre autoritarismo y democratización. Buenos Aires. Paidós.
O’Donnell, Guillermo (1997b). “Rendición de cuentas horizontal y nuevas poliarquías”. Disponible en: http://nuso.org/upload/articulos/2645_1.pdf (visitado el 02 de marzo de 2013).
O’Donnell, Guillermo (2004). “Notas sobre la democracia en América Latina”. En: La democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos, PNUD. Buenos Aires: PNUD.
O’Donnell, Guillermo (2010a). “Revisando la democracia delegativa”. Disponible en:  http://es.scribd.com/doc/52879343/Revisando-la-Democracia-Delegativa-O-Donnel (visitado el 03 de marzo de 2013).
O’Donnell, Guillermo (2010b). Democracia, agencia y Estado. Buenos Aires: Prometeo.



[1] Por este “nuevo animal”, que es tal como la denomina, O’Donnell hace referencia a una forma determinada de ejercicio político por parte de la autoridad electa, “según la cual por medio del sufragio se le delega el derecho de hacer todo lo que le parezca adecuado para el país” (O’Donnell, 1993: 3). 



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