¿Hoja buena? La coca desde la “tradición” / Julio Chumpitazi

21:05:00

Dos meses han pasado desde que se realizó la presentación del “Informe correspondiente al año 2012” de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes de Naciones Unidas – JIFE (05 de marzo de 2013) y su repercusión mediática ha sido casi nula, por lo menos a nivel de la prensa nacional (el tema de moda era el proceso de Revocatoria al Consejo Municipal de Lima).

A pesar de la escasa atención recibida, su impacto internacional colocó nuevamente sobre el tapete la problemática existente alrededor del cultivo de la coca en el Perú, por lo menos entre las instituciones vinculadas al tema (v.g. Devida, Cedro y Enaco). Sin embargo, la aplicación contradictoria de algunos conceptos (como uso tradicional, uso industrial, cultivo ilícito, etc.) nos ha llevado a plantearnos algunas dudas sobre si la interrelación propuesta en el informe es la más adecuada para abordar el escenario real.[1]

Antes de revisar las bases legales de la prohibición, comenzaremos por mencionar, por lo menos, las principales prácticas en cuestión. Con este objetivo, se recurrirá a parte de los resultados de una inacabada investigación exploratoria sobre las prácticas vinculadas al consumo de la hoja de coca, realizada en colaboración y presentada como ponencia durante el XIV Congreso Nacional de Estudiantes de Antropología, el año 2007 en la ciudad de Trujillo.[2] 

El resumen que se presentará a continuación debe ser comprendido como la primera parte de una serie de entregas que abordarán el tema de la coca en el Perú, en un orden temático y de periodicidad que aún no han sido pautados. Por esta razón, se ha tenido el cuidado de no escatimar en la cantidad de referencias necesarias para que el lector pueda ahondar por su cuenta en los aspectos particulares de su interés y que componen el presente texto.

Construyendo la “tradición” de la coca

El conjunto de prácticas denominadas hoy en día como "uso tradicional lícito" de la coca, han sido reconocidas inicialmente (aunque sin mayor detalle) en el art. 14, inc.2 de la Convención de las Naciones Unidas contra el Tráfico Ilícito de Estupefacientes de 1988. Sin embargo, dicho dispositivo legal agrega que este reconocimiento es aplicable allí “donde al respecto existe la evidencia histórica”.[3]

Muchos han sido los trabajos realizados sobre la coca y su relación con las sociedades andinas contemporáneas, coloniales y pre-coloniales. Los investigadores no siempre han estado de acuerdo en muchos aspectos, pero existe cierta coincidencia en señalar que la planta ha sido una de las más importantes herramientas de mediación en sus relaciones sociales y con la naturaleza.[4]  

En el periodo de hegemonía inca, el valor económico de la coca estaba fuertemente ligado a su valor simbólico. Se trataba de un “bien de lujo” cuyo consumo era casi exclusivo de las élites por estar reservado para los rituales religiosos, el pago a las deidades, sellar alianzas militares y retribuir la lealtad de los Curacas. Su uso por la población ajena al círculo de poder hegemónico y los círculos de poder subalternos estaba casi prohibido.[5]

A inicios del proceso de colonización española este status sagrado se vio afectado, al ser considerada por un sector del sacerdocio católico como un obstáculo para la evangelización. Pasó a convertirse en un símbolo de idolatría y degradación de la moral cristiana, llegando incluso a prohibirse (aunque sin cumplirse) su uso y comercialización.[6]

Los encomenderos españoles constataron rápidamente que el manejo de la producción y distribución de esta planta les permitía lograr un control social directo sobre la fuerza de trabajo de los indígenas, al proveer de una fuente de energía barata que los indígenas codiciaban, puesto que su valor simbólico (elemento de prestigio) aún se mantenía. Esto propicio una “democratización” de la demanda al constituirse en una de las formas de retribución por excelencia para la mano de obra indígena, propiciando a su vez un auge comercial sin precedentes que duró hasta finales del Siglo XVI.[7]  

Sin embargo, esta aceptación económica no significó nunca una aceptación cultural. Las prácticas relacionas con la coca continuaron, siendo percibidas por las élites españolas como “malos hábitos” que debían ser prohibidos. Con el transcurso del tiempo, el afianzamiento de la colonia y el crecimiento de la marginación a los indígenas, terminaron de convertirse en un soporte físico y simbólico para sobrellevar la dominación.[8]

El éxito comercial vivido durante inicios de la colonia, fue decayendo conforme la población indígena sufrió una reducción drástica y varió sus hábitos de consumo (el alcohol comenzaba a convertirse en el nuevo soporte); hasta llegar a su punto más bajo con el derrumbe de los precios ocurrido hacia finales del Siglo XVI e inicios del XVII.[9] Con esto, la coca dejaba de ser un bien de valor económico y pasaba a convertirse en un marcador étnico discriminatorio, propio de la población indígena. 

El interés económico por la coca recién se recuperó a partir de la segunda mitad del Siglo XIX, cuando el científico alemán Albert Niemann logró sintetizar la cocaína, el principal de sus alcaloides.[10] Para la década de 1880, el fármaco sintetizado ya se había convertido en la nueva panacea de la medicina, debido a la aparente infinidad de potenciales aplicaciones para la salud humana. Incluso Sigmund Freud, desde 1884 hasta 1896, no dudo en convertirse uno de sus más entusiastas promotores.[11]

La fama de la cocaína llego a tal punto que se generó en torno a ella una floreciente industria de consumo, fuera de sus aplicaciones médicas. Salieron al mercado todo tipo de productos, desde vinos y cremas, hasta la archiconocida Coca Cola. Al mismo tiempo aumentaba la cantidad de sus promotores.[12]

Este proceso incrementó la demanda de hoja de coca a nivel internacional, ocasionando que los países productores de la planta, entre ellos el Perú, incrementaran sus respectivos volúmenes de producción.[13] Por lo tanto, esta recuperación económica no provenía de los usos “tradicionales” que siglos antes propiciaron el boom comercial, sino de aquellas emergentes industrias.

La posterior prohibición del uso de la cocaína fuera de sus aplicaciones médicas, iniciada en los Estados Unido con la Ley Harrison de 1914, se basó en la creciente evidencia de los efectos adictivos que tiene el consumo de cocaína en grandes dosis.[14] Esto significó el final de una posible industria legal basada en el consumo recreativo de la sustancia.

Sin embargo, la ilegalidad de la cocaína desde inicios del siglo XX hasta la actualidad, ha propiciado el surgimiento, consolidación y crecimiento de un mercado ilegal cuyas ganancias astronómicas siguen fomentando el cultivo de la coca a niveles que no fueron vistos desde la Colonia.

Con todo esto, se sumó un estigma más sobre la planta, mientras que en el imaginario de los grupos urbanos y hegemónicos del país, sus “usos tradicionales lícitos”  constituyen herramientas de marginación social utilizadas para denigrar a la población indígena, sus representantes y cualquier posible opositor o rival político, antes que elementos de un proyecto reivindicatorio (como se ha intentado en Bolivia).

Los usos “tradicionales” de la coca

El proceso histórico descrito anteriormente ha significado en la práctica la acumulación de un conjunto de usos diversificados de la coca. Entre ellos podemos distinguir las siguientes clases principales: a) Como “energizante” natural; b) Como herramienta ritual, c) Como medio de adivinación y d) Como medicina.

En el espacio andino contemporáneo la mayor parte del consumo se debe al poder “energizante” natural que se le atribuye. Los siguientes testimonios nos muestran la presencia de esta percepción en realidades tan disímiles como un mercado mayorista de abastos en la capital del Perú y una comunidad campesina ubicada en las alturas de Bolivia:

“Los campesinos compran para masticar, para darse valor, para no dormir, para estar fuertes, para no tener hambre”. Sra. Alfonsina, comerciante del Mercado Mayorista de La Parada, Perú.[15]

“Sufría mucho: he muerto de sed, tenía mucha hambre y acudía a la coca; tenía sueño y acudía a la coca, cuando lloraba, a la coca; la coca era mi único alimento”. Sr. Policarpio Flores, Yatiri de la Comunidad de Tiawanaku, Bolivia.[16]

Para poder aprovechar las propiedades que se le atribuye a la coca, el consumidor debe masticarla, endulzándola con una pasta hecha en base a ceniza de otras plantas denominada “llipta”. Esto serviría para extraer sus alcaloides y otros nutrientes (caroteno, tiamina, riboflavina, calcio y hierro) que la planta aparentemente poseería.[17]

Esta práctica, descrita en un sentido muy genérico, se conoce como “chacchar”, “acullar” o “pijchar”, dependiendo de la región específica en que se haga la consulta.

La coca posee además de una dimensión física efectiva, una dimensión simbólica complementaria. Su uso se percibe como una suerte de comunión con las divinidades a través del concepto de “espíritu de la coca” (Mama Coca  en quechua o Inalmama en aimara).[18]

Precisamente, este concepto permite su uso como herramienta ritual en ceremonias de gran importancia dentro de la cosmovisión andina. Con esto, la hoja de coca no sólo enriquece la solidaridad social, sino que facilita la integración del individuo, con su familia, comunidad, cultura y medio ambiente.  

Quizá la ceremonia más difundida sea el pago, una especie de Don que sella un pacto de colaboración y equilibrio con las divinidades. Otras dos ceremonias importantes son el Pichjachi, ritual funerario común en los andes, y el Jacho Lajay, ritual que los viajeros deben cumplir en las cuevas del camino para asegurar su bienestar.[19]

De importancia similar es el uso de la coca como medio de adivinación, constituyéndose en la mediadora ante las fuerzas sobrenaturales que determinan la existencia humana y facilitan el conocimiento del posible devenir personal y colectivo. Esta práctica especializada y altamente respetada es comúnmente denominada “lectura”.

Esta práctica no puede ser realizada por cualquiera, como lo revela el testimonio de Don Policarpio Flores, quien sufrió en carne propia el castigo “divino” y social por leer coca de manera clandestina:

“Cuando consultaba, lo hacía dentro de la casa, a escondidas no más. Así consulté desde 1953 a 1958. No era maestro, es por eso que las cosas no iban muy bien. La gente se disgustaba y hablaba mal de mí. […] Cada día mi vida se iba transformando, y todo iba de desgracia en desgracia: mis hijos murieron, iba de tristeza en tristeza, mi vida no era muy tranquila”.[20]

Para reparar su trasgresión tuvo que acudir al Maestro de su comunidad para llevar a cabo el rito de iniciación y pedir permiso a las Achachilas (o abuelos) y a la Inalmama.[21]

Medicina y religión también se unen en esta práctica, sirviendo para el diagnóstico de enfermedades y la prevención de todo tipo de afecciones. La coca, además, es utilizada en los tratamientos de enfermedades debido a las propiedades medicinales que se le atribuyen. Entre las principales tenemos: regulador del flujo menstrual, facilitador del parto, digestivo, antidiarreico,  desinflamante, analgésico (cabeza y muelas) y relajante.[22]

Fisura en la “tradición”

Resumiendo, la discontinuidad histórica en el proceso social andino, producida por la colonización española, significó también un proceso de trasformación en la visión de la coca que hasta entonces existía. Como bien lo señala Luis Reluz, en una ponencia del 2006, “podemos observar que en los últimos cinco siglos, el uso de la hoja de coca ha variado desde una perspectiva ritual-tradicional-sagrada a una perspectiva material-monetaria en un contexto de incorporación al capitalismo”.[23] 

Precisamente fue el carácter material-monetario de esa noción moderna, lo que produjo su transformación en mercancía. Esta cosificación de la planta significó la constitución de un “Mercado moderno de la Coca”, que Renssenlaer Lee  separa en tres: el tradicional, el legal industrial y el ilegal de la cocaína.[24] 

El mercado tradicional está compuesto precisamente en torno a esos “usos tradicionales lícitos” que produjeron un auge comercial a inicios del periodo Colonial y que no se volvió a producir hasta la segunda mitad del Siglo IX por razones muy diferentes.

Sin embargo, a diferencia del mercado legal industrial e ilegal de la cocaína, cuyos estatus jurídicos no están en tela de juicio actualmente, el mercado tradicional ha experimentado un creciente proceso de marginación e ilegalización. Es así que el más reciente informe de la JIFE termina convirtiéndose en la “cereza” que faltaba para coronar el “pastel”.




[1] El siguiente párrafo del informe resume perfectamente lo dicho: “El Perú sigue siendo uno de los dos mayores países productores de coca del mundo. Se corre el peligro de que el cultivo ilícito del arbusto de coca pueda aumentar aún más, a menos que se tomen medidas decididas contra ese cultivo. A este respecto, la Junta toma nota de que el Gobierno sigue permitiendo el cultivo del arbusto de coca para usos internos tradicionales (masticación de la hoja de coca) y para ciertos fines industriales que están en contravención de la Convención de 1961. Tampoco el Gobierno parece siquiera estar en condiciones de controlar efectivamente las más de 9.000 t de hoja de coca que se utilizan anualmente con esos fines”. Cf. NACIONES UNIDAS. Informe de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes correspondiente a 2012. Nueva York: Naciones Unidas: Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes, 2013, pág. 17.
[2] CHUMPITAZI RAMÍREZ, Julio Eduardo, y Lidia Carolina ROJAS MATOS. “Dos visiones generales sobre la hoja de coca: entre la tradición y el comercio”. Ponencia presentada en el XIV Congreso Nacional de Estudiantes de Antropología. Trujillo, octubre de 2007.
[3] Cf. NACIONES UNIDAS. Convención de las Naciones Unidas contra el tráfico ilícito de estupefacientes y sustancias sicotrópicas 1988. Naciones Unidas: 1988, pp. 15. <https://www.unodc.org/pdf/convention_1988_es.pdf>
[4] Cf. RELUZ, Luis Alberto. “Detrás de la hoja de coca. Significado y resignificación”. Ponencia presentada en el XIII Congreso de Estudiantes de Antropología, Arequipa, 2006, p.p. 5-7.
[5] Cf. LLORÉNS, José Antonio. “Uso tradicional de la coca en el Perú: síntesis histórica”. En: ROSPIGLIOSI, Fernando (Ed.). El consumo tradicional de la hoja de coca en el Perú. Lima: IEP, 2006, pp. 107-108.
Para revisar un tesis opuesta a la descrita Cf. SANCHEZ, Ana. “«El talismán del diablo». La Inquisición frente al consumo de coca. (Lima, siglo XV”)”. En: Revista de la Inquisición, N° 6, pp. 1421-142. Universidad Complutense, Madrid, 1997.
[6] Cf. Ídem, 143-144.
[7] Cf. LLORÉNS, José Antonio. Op. Cit., pp. 111 y 127.
[8] Cf. SANCHEZ, Ana. Op. Cit., pp. 146-148.
[9] Cf. LLORÉNS, José Antonio. Op. Cit., pp. 126.
[10] Ídem, pp. 129.
[11] Cf. HELLERMAN, Caleb. “La cocaína y su evolución: de santa a satanizada”. En: CNN México, 25 de julio de 2011. <http://mexico.cnn.com/salud/2011/07/25/la-cocaina-y-su-evolucion-de-santa-a-satanizada
[12] Ibídem.
[13] Cf. LLORÉNS, José Antonio. Loc. Cit.
[14] Cf. HELLERMAN, Caleb. Ibídem.
[15] CHUMPITAZI, Julio y Lidia ROJAS. “E3. Alfonsina”. Entrevista del 29 de agosto de 2007 a la Sra. Alfonsina, comerciante del Mercado Mayorista de la Parada.
[16] Cf. FLORES APAZA, Polocarpio; MONTES, Fernando; ANDIA, Elizabeth y Fernando HUANACUNI. El Hombre que volvió a nacer. Vida, saberes y reflexiones de un amawt’a de Tiwanaku, La Paz: Plural Editores, Centro de Información para el Desarrollo y Universidad de La Cordillera, 1999, pp. 25.
[17] VILLAGRÁN, Carolina y Victoria CASTRO. Ciencia indígena del norte de Chile. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 2004, pp. 73-76 y 106-107.
[18] Cf. FLORES APAZA, Polocarpio y otros. Op. Cit., pp. 150-153.
[19] Cf. QUIJADA, Sergio. La coca en las costumbres indígenas. Huancayo: Ríos, 1982.
[20] Cf. FLORES APAZA, Polocarpio y otros. Op. Cit., pp. 38 y 40.
[21] Cf. Ídem, pp. 40-42.
[22] Cf. Ídem, pp. 203-204.
[23] Cf. RELUZ, Luis. Op. Cit.,  pp. 5-7 y 19.
[24] LEE, Rensselaer. El laberinto Blanco. Cocaína y poder político. CEREC, Bogotá, 1992, pp. 56

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