La mordaza de Clío: ¿Podemos los historiadores escribir sobre el presente? / Luis Chávez

11:57:00


El tema que abordaré en esta columna inaugural me sabe a justificación, y empiezo a escribir, lo admito, con desasosiego pero con pasión, debido a que me toca la tarea de responder a ustedes, estimados lectores, sobre el porqué de la presencia de un historiador en una página dominada por sociólogos, antropólogos, economistas y comunicadores; explicarles qué necesidad hay de leer a un anticuado “amante del pasado”; y qué podría aportar a una página web que básicamente centra sus publicaciones en el inmediato presente tratándose mi especialidad, contrariamente a su tendencia, de lo “pretérito”.


Empezaré por defender la subjetividad en las investigaciones sociales, y si usted finalmente lee estas líneas es porque el comité editor se apiadó de mis incómodas grafías o porque realmente valora la libertad de expresión. De ser así agradezco la difusión y de no, de igual manera por el tiempo perdido. Y señalo esto porque por más pretensiones cientificistas que tengamos, la objetividad no es cruz de nuestra cabecera. Es por eso que defiendo la opinión que aspira a “buscar certezas en medio de mares de incertidumbres, a las sentencias de los que creen haber llegado a su utópica isla de la verdad”. ¿Y qué tiene que ver este párrafo con el tema que nos compete? Lo pasaré a explicar.

Escribí líneas atrás que el desasosiego me abruma. ¡Pues sí! Porque todos los días al prender mi moderno celular leo las columnas de los principales “líderes de opinión” en formato digital, y por más detallada búsqueda que realizo no encuentro a muchos colegas historiadores que gocen de espacios donde difundir un análisis desde la perspectiva histórica. ¿No es acaso el historiador un “científico social”? Pues depende de la universidad. Aun así, de serlo o no, esto no lo desacredita para emitir una opinión, más aún cuando goza de las herramientas hermenéuticas  y conceptuales para emprender un análisis concienzudo y desde una perspectiva distinta a la de otros profesionales tan subjetivos, o quizá, tan aspirantes a la objetividad como él, así sea considerado por algunos como un romántico humanista, un aburrido teórico pasadista o por otros como un empolvado y vejete anticuario.[1]
                                          
¿Es casualidad que los historiadores no tengamos el privilegio mediático de nuestros primos sociólogos o periodistas? La respuesta es evidentemente negativa. Pero hay factores que explican esta situación y con ese ánimo “justificatorio” que señalo al inicio procederé a enumerar tres que a mi parecer son las principales causas de este ostracismo en muchas ocasiones voluntario.

La primera respuesta que planteo es la “temporalidad”. Hay la creencia generalizada de que para escribir Historia hay que dejar pasar un tiempo “prudente”, a veces décadas enteras para no ser absorbidos por el espíritu de la época, porque desde “lejos” analizaremos los fenómenos sociales más de “cerca”, con menos ponderación y con más moderación; es decir, con mayor “objetividad”. De ser cierto esto, ¿es excusa o limitación para no emitir comentarios sobre una determinada coyuntura o fenómeno social reciente? Mi conclusión es que no, y los propios historiadores nos ponemos el bozal encerrándonos en nuestro aterrador academicismo y “pasillismo” universitario.

En los últimos años hay una herramienta gratuita utilizada por algunos historiadores: el blog. Sin embargo muchos de estos blogs se ciñen exclusivamente a tratar temas de carácter histórico, entiéndase este último adjetivo como pasado. Es por eso que sus administradores permanecen allí donde comenzaron, escribiendo para un público muy limitado, “amante del pasado”, siempre bajo el manto ensombrecido de la blogósfera, atrapados en la red interminable de espacios virtuales que pocos frecuentan, sea por desconocimiento de su existencia, o porque en el Perú el lector promedio prefiere el estilo casi anónimo y coloquial de algunas columnas de periódicos de cincuenta céntimos.

La segunda causa es el eterno debate sobre nuestra verdadera función social, es decir, responder a la secular interrogante ¿para qué existimos?, y de acuerdo a las divagaciones filosóficas, políticas o acomedidas de los inquisidores, surge la pregunta, ¿debe el historiador emitir opinión?, y si lo hace, ¿desde qué perspectiva teórica?, y de acuerdo a esto ¿con qué finalidad? Repasemos algunas escuelas históricas y sus principales postulados.  Desde un punto de vista positivista, no existiría juicio ni opinión, el historiador debería solamente narrar la historia, fiel a sus fuentes de información; desde un punto de vista marxista, se debería aplicar el análisis dialéctico de la sociedad para que finalmente, y en pocas palabras, llegar a concretar la revolución eternamente postergada por el capitalismo internacional. Podría citar más ejemplos pero por ahora me bastan.

La tercera razón es que los historiadores no encajamos en el actual sistema productivo. Nosotros no producimos “best sellers” a menos que escribamos novelas históricas que, aceptémoslo, terminan siendo literatura.[2] A Hobsbawm, y hagan una pequeña encuesta familiar, no lo conoce nadie.[3] A Herodoto, nuestro más emblemático antecesor, mucho menos. Mejor ni preguntemos por Jenofonte o por E. P. Thompson porque creerán que son personajes de algún desconocido libro de elefantes o de alguna marca de champú. Nuestra misma formación curricular muchas veces no se ajusta a las exigencias de un mundo tecnológico y cambiante y donde el manejo de la información debiera ser nuestra principal motivación y excusa para ir a clases. El sistema capitalista nos ha expulsado de sus planes, en un mundo que privilegia la inmediatez y el mercado en detrimento de las tradiciones, y del conocimiento del pasado como herramienta para entender o explicar los acontecimientos presentes.

Frente a ello nuestros compañeros de Facultad (al menos en la UNMSM), como los sociólogos y antropólogos, fueron más inteligentes y han encontrado una salida; sus planes curriculares incluyen herramientas que los acercan más al terreno por donde en su futuro profesional deberán transitar.[4] Es por esto que ante la sociedad están más autorizados a interpretar la realidad contemporánea, porque precisamente se nutren de ella para sus investigaciones y la utilizan como fuente de ingreso. El caso más conocido de opinólogo televisivo es el de Julio Cotler, cuyos comentarios son tomados como una especie de vaticinio sociológico casi semejantes a los del oráculo de Delfos.

Si hablamos de historiadores mediáticos, sin duda el IEP los tiene entre sus filas, entre los más importantes están Cecilia Méndez y Antonio Zapata, pero ojo… ¿son ellos las voces autorizadas de un gremio?, en lo absoluto. La diversidad de opiniones en la comunidad de historiadores es tan variopinta como en la de comunicadores, antropólogos o entre los mismos sociólogos o economistas. Y afirmo esto porque en la complejidad de las distintas teorías, los historiadores tenemos un ingrediente si no adicional, distinto: la identificación del sujeto con otros momentos históricos, es decir, con su objeto de estudio. Ello nos permite entender cómo veía un molinero el cosmos a través de un juicio inquisitorial de hace cientos de años.[5] Si podemos interpretar las mentalidades de sociedades antiguas, ¿por qué no acercamos el análisis hacia los tiempos actuales? Me parece que no hay noticias de que se haya encontrado una tabla de mandamientos donde se nos indique que no nos salgamos de nuestro marco temporal que no sea el de los siglos fenecidos. El dogma se encuentra en nuestra cabeza y no en santas escrituras.

Para terminar déjenme mencionar el principal motivo por el cual los historiadores debemos tener vitrina. Aunque como ya lo dije, puedo estar absolutamente equivocado porque soy un ser subjetivo, porque tengo toda una carga emocional, política y moral; esto es tan igual como le sucede al sociólogo, al periodista o al antropólogo, y no me amarra las manos ni paraliza mis neuronas. Y es precisamente defendiendo a estas últimas que los historiadores debemos escribir más seguido y con mayor divulgación, porque si con algo debemos estar comprometidos es con la memoria de los pueblos, en la medida de que logremos rescatar lo acaecido, difundirlo y aplicar la experiencia que nos proporciona la comprensión del pasado para entender mejor el presente. Es allí donde encontraremos nuestro principal objetivo como intelectuales o como obreros constructores de conocimiento, nuestra verdadera utilidad, nuestra verdadera función social.

El prolongado silencio de la Historia, perdido entre las fuentes que resguardan los archivos, debe romperse a través de sus voceros, de sus modernos adalides hoy escondidos detrás de libros que no llegan a los sectores populares, ni mucho menos tienen acogida en los principales medios de comunicación. Pues cambiemos ese esquema. Y si temen, estimados compañeros lectores y de Patio de Sociales, que se lancen en esta esquina hipérboles desafortunadas o constantes manifestaciones desasosegadas, tengan solo una certeza de que eso no sucederá, porque la mesura aparecerá cuando la pasión que me llevó a escribir esta noche ceda paso a la ecuanimidad de la segunda columna, que por lo que me dicen y espero no se arrepientan de leer y publicar, aparecerá dentro de un largo mes y será un verdadero escrito “académico” acorde con las exigencias de tan prometedora iniciativa como lo es esta interdisciplinaria página a la que agradezco la cordial invitación.

Solo hasta ese día, habrá un historiador menos que se deja escuchar.



[1] La hermenéutica es una herramienta historiográfica que nos permite mantenernos al margen de la arbitrariedad en la investigación. Un análisis hermenéutico de un determinado contexto (sea pasado o presente) obliga al investigador a comprender el fenómeno social acumulando información para luego de sistematizarla y analizarla emitir un juicio, ensayar una explicación o exponer una opinión detallando su especificidad histórica, con la finalidad de “interpretar” el objeto de estudio en su universalidad.
[2] Un best seller, aplicado a nuestros  intereses, es una publicación que genera gran atención entre el público y cuyas ventas alcanzan astronómicas cifras.
[3] Eric Hobsbawm, recientemente fallecido, fue el historiador marxista más brillante del siglo XX. Sus libros son fuente obligatoria de consulta para estudiantes de la profesión y de otras disciplinas relacionadas a las Ciencias Sociales. Su obra cumbre es “Historia del siglo XX”. Aquí lo describen muy bien:
[4] El listado de cursos que dicta la Escuela Profesional de Sociología frente a los que dicta la de Historia en la UNMSM nos ilustra sobre este asunto, y noto sus falencias porque quien escribe fue uno de los artífices de la currícula vigente debido a que perteneció  al Comité Asesor que apoyó en su elaboración:
[5] Recomiendo la lectura del padre de la “microhistoria”, Carlo Ginzburg, y de su libro “El queso y los gusanos: el cosmos de un molinero del siglo XVI”.

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