La Revolución Inconclusa / Noelia Depaoli

18:35:00


Caracas, 06 de marzo

Ya han pasado alrededor de 12 horas desde que se anunció el fallecimiento del presidente electo (pero no juramentado) Hugo Chávez. La ruta que recorre su ataúd ya ha convocado a más de 50 mil personas que, encabezadas por Nicolás Maduro y Evo Morales, han marchado al lado del féretro en un frenesí religioso pocas veces visto en America Latina.

Resumir el legado de Chávez a sólo un conteo de malas políticas es, por lo menos, de un simplismo alucinante. Desde anoche hasta hace poco menos de una hora, he leído unos veinte artículos que parecen coincidir en lo negativo que ha tenido la política de Chávez durante todos sus periodos. 

La verdad, es que importa poco la muerte de Chávez. Lo que murió el 05 de marzo fue la posibilidad de perpetuar un proyecto político que tenía más asideros simbólicos que reales. En un artículo publicado por el Puercoespin.com.ar el escritor Alberto Barrera Tyska menciona la beatificación de Chávez como parte de su política de Estado[1]. Al contrario de lo que revela Tyska, me atrevería a decir que la mistificación de Chávez es una consecuencia natural del exacerbado personalismo político de su periodo de catorce años, un periodo solo comparable con los de Guzmán Blanco[2]. El discurso chavista impregnó a sus seguidores de un mito que ahora explota en toda su dimensión: más de 50 mil personas se congregan en procesión alrededor de su urna. Cincuenta mil personas que no fueron subvencionadas con autobuses ni metálico, que no fueron obligadas a marchar, que no fueron obligadas a llorar.

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La mistificación de Chávez fue un proceso de abajo hacia arriba. Ya en el año 2003 era común ver bajo el puente de Nuevo Circo[3], representaciones en cerámica de Chávez siendo escoltado por las deidades de la Corte Malandra (una serie de deidades protectoras ligadas a la cultura de la delincuencia). El “Fenómeno Chávez” fue, ante todo, la historia de una gesta decimónica en pleno siglo XX. La aceptación y consumición de la “utopía” chavista fue la respuesta fácil a un problema social cuya solución hubiera requerido décadas de políticas económicas sostenidas, en un país donde es común que un gabinete destruya todo lo comenzado por un gabinete anterior. Con la continuidad de Chávez, se garantizaba el desarrollo de esas políticas aún sacrificando la alternabilidad del poder. Alternabilidad que también tiene su “toque” representativo.

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En muchos artículos, sobre todos aquellos que insistían en idealizar a Chávez, se menciona su papel indispensable en la formación del ALBA, UNASUR, CELAC. Debo decir que fuera de las aspiraciones idealistas de dichas uniones, éstas no parecen tener mucho efecto en lo económico. Tanto Argentina, como Brasil y Venezuela no pueden garantizar la suficiente estabilidad política y facilidades jurídicas a las grandes empresas inversoras que son las que generan empleo en la población y que, más adelante, impulsarán a los países a buscar su propio desarrollo industrial[4]. Casos exitosos de ese tipo son: Irlanda y Polonia.[5] El problema del discurso chavista, en ese sentido, fue la demonización de ese tipo de táctica económica que tan bien le fue en aquellos países. Claro, comparar la situación irlandesa con la venezolana es arriesgado; sin embargo, debemos recordar que Venezuela tuvo en estos catorce años un ingreso que superaba con creces el préstamo que la UE le otorgó a Irlanda para su desarrollo infraestructural. [6]

Por otro lado, el ALBA fue una alternativa para que empresas latinoamericanas puedan expandir sus productos y oficinas en los países aliados. Pero sin políticas supranacionales es poco probable que dichas expansiones fueran completamente seguras, incluso para  las empresas con sello latinoamericano. El beneficio social que prometió Chávez se cumplió a medias. La seguridad social tiene que estar unida al cinto de la seguridad económica y eso no se lograba con las expropiaciones, sino con un acuerdo entre el sector privado y el sector laboral. Ambas partes tenían que sacrificar intereses a corto plazo para que todos pudieran surgir de una manera más o menos igualitaria.

Las intenciones fueron buenas, pero no los procedimientos. El camino al socialismo no debe ser forjado a fuego en la mente de un electorado enardecido por décadas de invisibilización política, sino por un acuerdo que garantice tanto a empresarios como al sector obrero que su sacrificio llegará a puerto seguro en un par de décadas. Pero, como cosa rara, ninguno de los dos sectores iba a sacrificar nada porque una política de esa naturaleza implicaría la continuidad de un proyecto de nación que a todos los gobiernos les gusta crear pero a ninguno mantener después de los cinco años reglamentarios. Muy probablemente por eso, Chávez gobernó catorce.

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Una de las mejores cosas que hizo el gobierno chavista  fue la creación de la sensación de riqueza. Amén del disimulo de la deuda interna y gracias a la liquidez que ofrece un país con grandes ingresos petroleros, el gobierno chavista incitó al consumo como pocas veces en la historia de Venezuela. Pero incitar al consumo, rara vez significa incitar la producción. La mayoría de las fábricas y créditos otorgados a PYMES fueron para el impulso y creación de productos ligados al sector agrícola: chocolaterías, empaquetadoras de azúcar, de café, arroz, harina de maíz etc; lo que se llamó “soberanía alimentaria”. Aunque es parte fundamental del desarrollo,  la alimentación no es el único pilar que garantiza la soberanía. El desarrollo de empresas tecnológicas es uno de los pilares, siendo parte de ello dos proyectos que no terminaron de cristalizarse: la fábrica de computadoras CANAIMA y la fábrica de automóviles Venerauto (en convenio con Irán). Se puede decir que la “soberanía tecnológica” no se desarrolló a cabalidad, pero en obras de infraestructura como la construcción de viviendas, las ampliaciones de las líneas METRO o la inclusión a la universidades creadas por Chávez -alrededor de unas 8, de una población flotante que en 2002 era 60% de bachilleres (aquella población que sólo ha terminado los cinco años de educación secundaria)-, la creación de Barrio Adentro[7] y de los CDI[8]fueron logros importantísimos en materia social que garantizaron a Chávez una mayoría (la más de las veces, contundente) en casi todas las elecciones.

Ahora bien, ¿Hugo Chávez pudo haberlo hecho mejor? Sin duda y es muy posible que, con un poco más de tiempo, algunas de sus políticas de desarrollo hubieran podido dar frutos visibles; pero con su fallecimiento, ahora no hay garantía de nada. Como tampoco hubiera habido garantía de la continuidad de algunos de los avances importantes logrados en su gobierno, en cuanto a educación, programas sociales, y acceso a la tecnología, en caso de que hubiera ganado otro candidato.

¿Y ahora qué?

Según la Constitución, en 30 días deben llamarse a elecciones. ¿Cuál es el panorama? Antes de irse a Cuba, Chávez les pidió a sus seguidores que, en caso de no poder tomar las riendas del poder, voten por Maduro en las próximas elecciones.

Todos, absolutamente todos mis amigos chavistas, votarán por Maduro. De la misma manera que todos mis amigos de oposición votarán por Capriles. Este escenario es por decir menos, desalentador. Porque ninguno de los dos candidatos (en caso de que lo fueran) propone dejar de depender del petróleo. Si bien hablan del tan ansiado desarrollo, ninguno parece darse cuenta que el verdadero meollo es deslastrarse de la exportación de materia prima; de abandonar el mal hábito de depender del rentismo petrolero, del populismo de Estado; de prometer “tarjetas Mi Negra”, “PlanesSocorro”, “Reforma Agraria”, “Casa X Rancho”.[9]

Hay que deshacerse de la visión del Estado como un órgano de asistencia, para convertido en un ente regulador jurídico que garantice la igualdad de todos a la hora de acceder a los derechos básicos.

Votar por Maduro es, probablemente, correr el riesgo de convertir la “gesta chavista” en una dinastía de Estado. Y votar por Capriles (a quien en las elecciones de Miranda ningún partido de oposición con trayectoria lo apoyó), y que a estas alturas se ha convertido en el-peor-es-nada de la oposición, es arriesgarse a dejar al país en manos de un plan B, un plan “paraguas”. Esta última alternativa no se basa en continuar lo avanzado socialmente y corregir las fallas del gobierno anterior, sino al contrario, en derruir lo creado para volver a construir como se ha hecho en los últimos 40 años.

No hay nadie. Solo nosotros y nuestra conciencia.

La muerte siempre se resume a eso.





[2] Guzmán Blanco fue presidente venezolano en tres periodos: el Septenio (1870-1877), el Quinquenio (1879-1884) y el Bienio (1886-1888). Murió en París, el 28 de Julio de 1899. Cabe destacar, que no fue escogido electoralmente.
[3]Un puente que enlaza la Av. Universidad con la Av. Lecuna, dos arterias viales de fuerte circulación. Durante mucho tiempo, se formó un mercado informal ligado a la santería africana debajo de este puente. En el año 2010 este mercado fue fulminado para la construcción del “Bus Caracas”.
[4]“Disminuye pobreza, persiste retraso”, Reforma, 29 de julio 2004. México.
[5]“¿Podría Europa convertirse en una Super Potencia? Creando el mapa del futuro global”. NIC 2020 Project.
[6]Ídem
[7]La misión “Barrio Adentro”  es una política de asistencia médica que consiste en la creación de módulos hospitalarios en zonas “marginales”.
[8]Centro Médico de Diagnostico Integral.
[9]Programas sociales que en su mayoría consisten en canjes de vale por comida o cambiar un rancho por una casa.

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